Raúl, mi amor, salió del clóset

Y me recordó que no hay nada mejor que sentir su verga dentro.

Raúl, mi amor, salió del clóset.

Jonatan salió del sanitario, aspiró dos veces y se dirigió de regreso al jardín. Al área de la piscina, ahí donde sus amigos y su novia continuaban con la pachanga. Era su cumpleaños. Desde niño había odiado las fiestas, los regalos y todo lo que tuviera que ver con celebrar un año más, pero en esa ocasión nadie le pidió siquiera su opinión. Cargando con un equipo de sonido, cerveza para saciar a una ciudad entera, globos y serpentinas, sus amigos se aparecieron de repente y sin su permiso se montaron el numerito. Ahora todos bailaban a ritmo del hip hop y del alcohol, algunos alrededor de la piscina y otros dentro. Algunos con el traje de baño todavía puesto y otros tantos enseñando sus miserias. Resignado a seguirles el juego, dispuesto incluso a tratar de divertirse, el dueño de la casa caminó hacia el grupo y abrazó a su amada por la espalda.

– ¡Vaya, hasta que volviste! – reclamó la chica –. ¿Qué tanto hacías en el baño? – inquirió más en forma de reproche que por verdadero interés –. Ya todos se burlaron de mí porque me dejaste bailando sola. ¡Eres un desconsiderado!

– ¡Perdóname, flaquita! Lo que pasa es que… Me acordé de ti. Se me fue el tiempo imaginándome tus lindos ojos – mintió él para justificarse –. Me quedé paralizado por tu belleza en mi cabeza, porque me di cuenta lo mucho que te amo – inventó besándola en el cuello.

– ¡Ay, mi amor! ¡Qué cariñoso volviste! – exclamó la jovencita ya sin dar rastro de enojo.

– No sólo cariñoso, también regresé con ganas de… – el muchacho dejó que su pene morcillón hablara por él, que frotándoselo contra las nalgas le dijera a su novia qué se le antojaba –. Hoy si se me va a hacer, ¿verdad? Mis padres andan de viaje. Es mi cumpleaños. Nadie nos pela porque todos están en lo suyo. Y yo… creo que ya te diste cuenta, ¿no? – le restregó con más fuerza su ya completamente erecto miembro.

Laura era hija de padres millonarios y conservadores. En la misma medida que las comodidades y los lujos, las prohibiciones y los tabúes habían estado presentes a lo largo de su vida convirtiéndola así en una persona que reprimía su sexualidad. Durante los tres meses que llevaba saliendo con Jonatan, fue esa noche la primera que sintió tan de cerca la dureza de su excitación. El calor de aquella protuberancia acariciando sus glúteos le produjo un hormigueo que le erizó los vellos y le aturdió los pechos. Le puso firmes los pezones. Veintidós años viviendo sin la pasión de un amante hacían que con el mínimo roce le hirviera la sangre. Era la primera vez que Jonatan le provocaba esa sensación, incluso la primera vez que la tocaba con ese atrevimiento. A pesar que desde el día en que se conocieron, en sus más vedados sueños anheló que la hiciera suya, él jamás intentó algo más allá de tomarle la mano. En cierto punto, al no sumarle intensidad a la tentación, esa frialdad la tranquilizaba, mas aquella repentina muestra de deseo la perturbó. Y fiel a sus costumbres y valores, continuando con la tradición de suprimir su instinto, lo rechazó cortantemente.

– ¡Suéltame! – le exigió antes de empujarlo –. ¿Cómo puedes pedirme eso? ¿Creíste que por ser tu cumpleaños accedería a… eso? ¿Sabes? Pensé que eras diferente: un hombre bueno. Ya veo que me equivoqué. ¡Eres igual a todos los hombres! ¡No quiero volver a verte! – le gritó abandonado la escena, sintiéndose una idiota por haber reaccionado de esa forma tan exagerada, por no haberle pedido que subieran a su cuarto como realmente lo deseaba.

Jonatan y su erección permanecieron inmóviles a mitad del jardín, observando cómo Laura se vestía y se marchaba. Los demás lo miraron entre apenados y divertidos y al unísono soltaron disimuladas risas. Luego regresó cada quien a lo suyo. El festejado, cerrando los puños en señal de rabia y derramando involuntariamente un par de lágrimas, comenzó a aspirar de manera compulsiva, como si quisiera tragarse al mundo por las narices. Giró la cabeza de un extremo del jardín al otro para darse cuenta de que ahí a nadie le importaba, y enseguida, maldiciendo a esos que se hacían llamar sus amigos y maldiciéndose también a él, salió corriendo rumbo a su habitación.

– ¡Maldita mojigata! – insultó a Laura una vez estando en la soledad de su recámara –. ¡Ni que estuviera tan buena para atreverse a rechazarme! ¡Perra mal nacida! Pero ya verá la próxima vez que la vea. Antes de que pueda negarse siquiera, me la voy a coger hasta cansarme – sentenció simulando con las manos que en verdad lo hacía –. Se la voy a retacar entera a la muy puta, y entonces va a ser ella la que me lo pida. ¡La que me ruegue! La que

– ¿A quién tratas de engañar? – lo interrumpió una voz que no supo de dónde provenía –. ¡Por favor, Jonatan! ¿Realmente te crees todo lo que has dicho? ¿Qué pretendes aparentar fingiendo que querías follarte a esa chica? ¿Que eres muy hombre? ¡Por Dios! Tú y yo sabemos que eso no es verdad, que tú eres un marica al que le encanta tragar verga – afirmó la oculta voz haciendo enfurecer al cumpleañero.

– ¡¿Quién diablos eres?! ¡Da la cara, maldito! ¡Sal y repíteme lo que acabas de decir! – demandó Jonatan sumamente alterado –. ¡Frente a frente, a ver si eres tan valiente! ¡A ver si no te parto tu madre, pendejo! ¡A ver si no

El joven continuó vociferando e insultando al dueño de la misteriosa voz con cada vez más coraje. Su rostro lucía enrojecido por completo, las venas de la frente se le saltaban y los ojos amenazaban con salirse de órbita conforme el tiempo transcurría y aquel que le dijera marica seguía oculto. Le gritó una y otra vez que saliera a dar la cara, y finalmente, por ahí del grito número cincuenta, el sujeto abandonó su escondite. De entre las puertas del clóset, surgió la figura de un chico delgado, estatura mediana y raza negra que sin ropa encima dejó a Jonatan estupefacto.

– Aquí me tienes – declaró el muchacho extendiéndole los brazos, ofreciéndole su desnudez –, J. Y frente a frente te lo digo: ¡eres un marica al que le gusta tragar verga! Eres un marica que justo en este instante está pensando que la mía se le antoja, ¿no es verdad? – sugirió caminando hacia él –. ¿Me lo vas a negar? ¿Me vas a decir que no mueres por tenerme dentro, como hace ya mucho no me sientes? ¿Eh? ¿Vas a negarlo? No puedes, ¿cierto? Por el contrario, me quieres ya arriba de ti – aseveró tomándole la mano y llevándola a su falo, a medio camino entre la flacidez y la firmeza –. Me quieres rompiéndote el culo y haciéndote gozar. Y no te preocupes, que si eso quieres – lo aprisionó contra su pecho logrando que ambas erecciones, una prieta y descubierta, otra rosada y prisionera, se frotaran entre sí –… Eso mismo te daré – prometió antes de besarlo.

Con sus labios unidos, sus lenguas entrelazadas y sus pollas dando guerra, ambos chicos se fueron acercando a la cama, y una vez a sus pies se tiraron sobre ella. Sus bocas se apartaron y sus ojos se cruzaron. Fue el dueño de la casa quién habló.

– Esto no es posible – susurró Jonatan emocionado al borde del llanto –. Tú… tú

– Yo te amo y te deseo – dijo el otro tipo volviéndolo a besar –. Yo te amo y te deseo y tú… – descendió hasta su cuello – Tú serás de nuevo mío – le clavó los dientes en la yugular.

Jonatan se retorció de placer, una mordida en el cuello bastaba para enloquecerlo y Raúl, cómo se llamaba el dueño de la misteriosa voz, sabía cómo morder. Con la presión exacta entre lastimar y hacer sangrar, el mulato le fue marcando los colmillos al tiempo que lo desnudaba, al tiempo que le arrancaba el ajustado bañador. Después, cuando la garganta de su amante no admitía una huella más, se dedicó a morderle también el pecho, las tetillas. Le trabajó ambas a consciencia mientras empezaba a masturbarlo con delicadeza, con paciencia, prolongando el disfrutar.

– Estás un poco delgado, ¿no te parece? – inquirió Raúl al lamerle las costillas.

– ¿No te gusta? – preguntó el otro preocupado.

– ¡No seas tonto! – replicó el negrito –. ¡Te amo! Gordo o flaco, me gustas por igual.

Jonatan sonrió al escuchar esa respuesta, y sonrió aún más cuando su acompañante se apoderó de su enhiesto y rosado falo y lo engulló entero para dar inicio con una espléndida mamada, una que pronto lo condujo a la antesala del orgasmo, al margen del máximo placer.

– ¡Ah, qué bien la mamas! – exclamó el joven entre jadeos –. ¡Ya casi se me había olvidado! ¡Por poco y… ¡AH! ¡AH! ¡Me vengo, Raúl! ¡Me ven

– Nada de eso – apuntó el moreno tras pararle la corrida con un apretón de huevos –. Tú no te vas a venir, hasta que lo haga yo dentro de ti – decretó tomándole las piernas y poniéndoselas en los hombros.

Al sentir en su apretado ano los roces de aquella prieta verga, Jonatan suspiró al recordar lo impresionante que era ésta, lo mucho que había gozado con ella en otras ocasiones. A su mente llegaron imágenes del pasado, fotografías de los muchos encuentros que a lo largo de siete años ambos habían vivido. Retratos que se esfumaron al sentirse finalmente atravesado, al su culo empezar a arderle ante el lento pero lastimoso avance de su grueso y largo invasor. Sus uñas se clavaron sobre aquella oscura espalda y se esforzó en extremo para no gritar. Era placentero saberlo otra vez en su interior, pero eso no quitaba que doliera. No quitaba que fuera tortuoso recibirlo por completo, pero al final lo consiguió. El negro, rizado y abundante vello que cubría el pubis de su Raúl le hizo cosquillas en las nalgas y entonces supo lo peor había pasado.

– ¡Ya, chiquito! – le dijo el mulato repartiéndole besos por el rostro –. ¡Ya pasó! – le sacó un poco de su impresionante herramienta –. ¡Ya pasó! – la introdujo otra vez entera para enseguida volver a sacar un poco y repetir la operación, una y otra vez hasta agarrar buen ritmo –. Pero ahora dime: ¿vas a seguir negando que te encante la verga? – lo interrogó ya cabalgándolo a gran velocidad –. ¿Me vas a decir que no te mueres con la mía dentro? ¿Eh? ¿Me vas a decir que mueves el culo por inercia? Contéstame – le pidió al oído –. Dime que te gusta, que ya la extrañabas. Que no la cambiarías por una tipa desabrida como Laura.

– ¡Sí! ¡Me encanta, me fascina tu verga! – aceptó el muchacho agitando las caderas con más ganas –. ¡No pares, por favor! – le rogó –. Quiero pasarme así la vida: con tu verga dentro dándome placer, haciéndome olvidar de todos y de todo. ¿Podemos quedarnos siempre así, Raúl? ¿Podemos? – inquirió con tono suplicante, como si sólo a su lado se sintiera a gusto, como si lo demás no le importara.

– Pues… no lo sé – respondió el de raza negra –. Después de todo, está es tu fantasía – lo besó en la frente –. Después de todo yo… ¡Yo estoy muerto! – reveló para al instante desaparecer.

Sumamente confundido y trastornado, Jonatan abandonó la cama de un salto y corrió hacia el clóset. Abrió de par en par las puertas esperando toparse con su amante, pero todo lo que vio fueron sus prendas, sus zapatos. Con los ojos empapados y las manos hundidas en su cabellera, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra. Entonces la memoria se le llenó de recuerdos, de noticias a veces ignoradas que a pesar de ser pasado con profundidad habrían de lastimarlo. Recordó que Raúl, el hijo de su nana con quien mantuviera por tantos años una relación secreta, ese muchacho bueno y cariñoso entre cuyos brazos había encontrado su único hogar, había caído del techo mientras arreglaba una gotera, golpeando su cráneo contra el piso y vertiendo su vida en rojo por el pasto. Recordó que desde aquella fatídica tarde habían pasado ya ocho meses, y que el dolor era más fuerte que al principio. Que para fingir que todo andaba bien y darle gusto a sus padres de algún día verlo casado y con hijos se había enredado con su amiga Laura, pero que por las noches, llorando en el anonimato de su cuarto, se masturbaba imaginando que su negrito lo abrazaba, lo penetraba y luego se dormía con él. A su lado, haciéndole piojito como siempre. Que lo sucedido hacía un instante era una farsa, una treta de su mente y de la coca, esa que en su visita al sanitario se metiera para animarse a la fiesta regresar.

– ¡Eso es! – exclamó el turbado individuo antes de obtener del bolsillo de una de sus chamarras otro sobre con la droga y esparcir el blanco contenido repartido en tres líneas sobre el suelo.

Antes de aspirar la primera de ellas, Jonatan se detuvo a pensar en sus opciones. Por un lado, estaba la posibilidad de enfrentarse a la realidad, de afrontar que Raúl nunca regresaría y no por ello el mundo pararía de girar. Por el otro, la oportunidad de seguir sintiéndolo aunque fuera en sueños, de evadir la crudeza de la verdad con la felicidad efímera de un fármaco. La decisión fue difícil, pero luego de tomarla, su negrito salió del clóset y volvieron a gozar. ¡Qué importaba que la felicidad que le ofrecía ese polvo fuera pasajera! Siempre podría de nuevo recurrir a ella. Y de momento en momento, de fantasía en fantasía, irse construyendo una vida.