Número 56

Lo que parecía un polvo más se convertió en algo extraordinario.

La noche del cuatro de diciembre me dirigí al número 56 de una céntrica calle de Santa Cruz, por el camino, sin una líbido excesivamente alta, sólo pensaba en pasar un buen rato de sexo, después de deambular por varias calles llegué al número que buscaba, se trataba de una casa señorial de altos techos y de aparente suntuosidad, ante la ausencia de portero alguno empujé la puerta levemente y me adentré. Un pequeño jardín oscuro y siniestro precedía la fachada de la misteriosa casa; al llegar a la puerta un grueso pomo redondo colgaba de ella, al golpearlo apareció un chico enormemente atractivo, descargando sensualidad por cada uno de sus poros.

Inmediatamente me recibió con un efímero beso en los labios, luego nos sentamos en el sillón situado en la amplia sala, él se tumbó, yo con gran atrevimiento me senté entre sus dos piernas que lucía desnudas sobre un pantalón muy corto de algodón, mi sensual posición me permitía acariciarlas hasta penetrar ligeramente entre sus muslos, mientras manteníamos una previa y corta conversación de repente agarró mi mano derecha y la dirigió hacia su miembro con la urgente necesidad de estimularlo suavemente sobre la ropa y alcanzar el ansiado placer que ambos estábamos más que dispuestos a recibir. Rápidamente me di cuenta que su órgano viril aumentaba considerablemente de tamaño y eso me excitaba cada vez más, yo estaba totalmente erecto, él tampoco dudó en alargar su mano hacia mi turgente entrepierna, yo muy caliente decidí introducir mi mano a través de su muslo por debajo de su pantalón, de pronto alcancé el anhelado trofeo ya sin nada de por medio, de esta manera pude tomar conciencia de su grandiosidad. Mientras nos masturbábamos mutuamente nos íbamos despojando de nuestras prendas, yo estaba cada vez más cachondo, sobretodo al ver su torso desnudo tan apetecible; no pude resistir y embriagado por el frenesí lamí impetuosamente sus duros pectorales. Él quería más y sin detenerse dirigió mi cabeza hacia su miembro totalmente rígido e igual de apetecible y sin hacerle esperar más, después de acariciar con mi lengua su escroto, me lo introduje en la boca, a lo que él respondió jadeando desesperadamente, parecía no quedar saciado y empujaba mi cabeza hacia adentro con la intención de que toda su plenitud fuera engullida hasta rozar mi extasiada garganta. Para aumentar, si cabía aún más, su inagotable placer rocé con mis dedos la zona perianal de mi vicioso amante, ante eso él respondió de igual manera, humedeciendo sus dedos e introduciéndolos someramente en mi esfínter.

Ya, muertos de placer, mientras buscábamos en nuestra mirada el espejo de la morbosidad, me susurró con vehemencia: "¡Fóllame cabrón!", "¡Fóllame cabrón!". A lo que yo, dotado de un profiláctico, me dispuse a penetrarle en un ambiente cargado de morbo y vicio, mientras él se pajeaba en busca del máximo goce. Al mismo tiempo sollozaba sin parar al sentir cada vez más profundamente la penetración; ya no pudo más e inexorablemente derramó su valioso néctar, el cual no pudo apagar la inagotable fogosidad que aún destilaba por toda su piel. Enseguida se dirigió a la ducha para limpiar su torso, sin pensarlo le seguí, aún no había llegado al éxtasis y deseaba hacerlo cuanto antes, con cuidado me introduje junto a él en un inmenso plato ducha. Un agua casi en estado de ebullición se derramaba sobre nuestros cuerpos desnudos, él se aproximó a mojarme el pelo con gran sensualidad, mientras yo le masajeaba su húmedo sexo. Sin contenerse más me agarró desde atrás, de tal manera que podía sentir su pene entre mis nalgas, y con su mano empezó a masturbarme enérgicamente hasta que sin poder aguantar más su estrepitoso ritmo llegué con enorme placer al orgasmo.