Nuestro primer intercambio

Un juego de intercambio dio paso a un fenomenal e inesperado episodio de sexo.

Nuestro primer intercambio

Se llamaban Joaquín y Elena, o al menos esos eran los nombres con los que se identificaban en el foro donde les habíamos conocido unos meses antes. Con ellos íbamos a hacer nuestro primer "intercambio", y de camino al lugar donde habíamos quedado no puedo negar que tanto mi novia Vanesa como yo estábamos muy nerviosos. Realmente sólo los conocíamos del foro, habíamos visto algunas fotos suyas pero esa sería la primera vez que nos viésemos en persona. El lugar donde íbamos a estrenarnos en el movimiento "swinger" era la casa de ellos, pero habíamos quedado en una cafetería cercana para romper el hielo en terreno neutral. Cuando llegamos, ellos nos estaban esperando en una mesa. A Elena, sin llegar a ser gorda, le sobraban unos cuantos kilos para mi gusto, pero a ella no parecía importarle, y lucía una minifalda cortísima muy ceñida y un top también muy ajustado. Mi novia iba bastante más formal, con un jersey negro, fino pero holgado, una falda gris de vestir por la rodilla y, como únicos elementos de provocación, imperceptibles a simple vista, llevaba medias hasta medio muslo y nada de ropa interior.

La conversación fue bastante animada desde el primer momento. Joaquín me pareció un poco fantasma, pero traté de no darle importancia a ese detalle. Creo que fue el primero en maniobrar por debajo de la mesa. Yo casi podía imaginar lo que hacía viendo los gestos de mi novia. También fue sencillo adivinar en qué momento él se percató de que no llevaba braguitas. Elena también había empezado a tocarme y, a pesar de que yo no estaba todavía muy convencido, mi miembro reaccionó al instante con una erección que provocó una picara sonrisa por su parte. Yo la correspondí acariciándole tímidamente la parte interior de sus muslos, pero no me atreví a más, porque su falda era tan corta y estrecha que no permitía el menor disimulo. Fui yo quien propuse, antes de dar un espectáculo en la cafetería, ir subiendo a casa de la pareja. De camino, Joaquín comentó que podíamos hacerlo de dos maneras: en habitaciones separadas o los cuatro en el mismo sitio. Todos estuvimos de acuerdo en que la segunda opción era la más excitante.

Ya en su casa, Joaquín puso algo de música, sacó unas copas y nos acomodamos en sofás diferentes, frente a frente. Yo seguía con la cabeza bastante fría, aunque pensar en esa situación siempre me había excitado mucho. A pesar de eso traté de concentrarme y empecé la faena con Elena. Nos abrazamos y nos besamos mientras yo la quitaba la poca ropa que llevaba. Sin demasiados problemas le arrebaté el top y la falda, quedándose únicamente con un tanga plateado y minúsculo.

Miré hacia el sofá donde estaban Joaquín y mi novia. Él era muy grande y fuerte, y la manejaba con suma facilidad. Ella iba a empezar a desnudarse, pero él la detuvo.

  • No lo hagas. Quiero restregarme contra tu ropita de niña bien. -Dijo él mientras masajeaba los pechos de Vanesa a través del jersey. A ella esas palabras la encendieron ya del todo, y buscó su pene con ansiedad. Cuando logró sacarlo emitió un sonoro grito de admiración, que provocó nuestra sorpresa y luego una carcajada general. Ciertamente Joaquín tenía un miembro enorme, que sobrepasaba los veinticinco centímetros de largo, y unos seis o quizás más de grosor. Mi novia lo tomó en su boca con afán. Tras esa momentánea distracción, Elena empezó a hacerme también una mamada, por lo que traté de volver a concentrarme. Lo cierto es que no me resultó difícil, ya que lo hacía muy bien. Siendo justo, he de decir que probablemente fuera la chica que mejor me la ha comido, muy por encima de mi novia. Por su parte, Joaquín también estaba gozando del sexo oral que le proporcionaba mi novia.

  • Te gusta chupar mi polla, ¿eh, putita? Apuesto a que es lo más grande que te has metido nunca en la boca. -Dijo en determinado momento, mientras la separaba de su miembro. No me gustó demasiado su comentario. Mi pene mide unos quince centímetros, de grosor ando bastante bien (aunque nada comparado con el de Joaquín), y sé que no es nada del otro mundo, pero nunca he pensado que el tamaño sea un problema. Sin embargo, juraría que lo dijo mirándome, y eso fue lo que me enfadó un poco. A partir de ese momento, no dejé de mirarles de reojo, con un poco de incomodidad por mi parte. Afortunadamente, Elena seguía haciendo su trabajo con gran destreza y, como parecía gustarle, tampoco le propuse cambiar de postura.

Mi novia y Joaquín, por el contrario, habían cambiado los papeles y ahora era él quien utilizaba la lengua, al tiempo que le introducía dos o tres dedos con violencia. Ella gemía desesperadamente, aunque no llegaba a correrse, puesto que él bajaba el ritmo o paraba según veía que ella se acercaba al orgasmo.

  • ¡Oh, por favor! ¡Acábame! Haz que me corra ya. -Suplicaba mi novia entre gemidos. Él alargó la mano hasta la mesa y cogió un preservativo. Ella esperó impaciente el momento de la penetración, aunque supongo que también con algo de miedo, porque tal como decía el propio Joaquín era cierto que aquél era el pene más grande había visto. Él introdujo su miembro poco a poco, mientras el rostro de Vanesa reflejaba dolor y satisfacción a partes iguales. Ella gritó como pocas veces la había oído, y estalló en un espectacular orgasmo antes incluso de de que la hubiese penetrado hasta el fondo. Él sólo pudo hacer tres o cuatro movimientos más antes de correrse también. Mi novia intentó continuar, pero era evidente que él necesitaba un descanso, de manera que todo el protagonismo de la escena recayó en Elena y en mí.

Ella llevaba ya al menos diez minutos comiéndomela y por un momento pensé en dejarme ir y correrme también, pero lo pensé mejor. La aparté de mi miembro y empecé a trabajar yo. Bajé a su entrepierna y empecé a jugar con su clítoris. Conseguí que se corriese sin usar los dedos. Giré la cabeza para ver cómo mi novia jugaba de nuevo con el pene de Joaquín, esta vez con la mano. Yo me puse un preservativo, volví a Elena de espaldas y comencé a hacérselo adoptando el clásico estilo perro. Yo ya había olvidado el detalle que me había enervado, me concentré y la penetré duramente por diez o quince minutos, arrancándola tres o cuatro orgasmos sin darla descanso. Durante ese rato mi novia volvió a hacerlo con el otro, esta vez poniéndose ella encima y manejando la situación. Por sus gemidos era evidente que estaba disfrutándolo, pero no consiguió correrse antes de que Joaquín estallase por segunda vez. Curiosamente, ella seguía con toda la ropa puesta.

  • ¿Quieres que te folle el culito, cielo? -Le susurré al oído a Elena mientras tanto. Su respuesta fue negativa. Lo entendí, por cuanto supuse que ella nunca practicaría el sexo anal con su pareja, debido al tamaño de su pene. Ella, como queriendo ofrecerme una contrapartida, se revolvió, me quitó el preservativo y atrapó mi pene entre sus grandes pechos, para masturbarme habilmente con ellos. Yo me dejé ir y me corrí sobre ella un par de minutos después.

Tras esto nos relajamos y bebimos algo. Elena fue a la cocina y regresó con algo para picar. Entendimos que la sesión había terminado, y tuve la impresión de que había sido más bien corta. Me había sabido a poco y la hubiera alargado bastante más.

De camino al aparcamiento para coger el coche de vuelta a casa, compartí mis impresiones con Vanesa. Ella sonreía por toda respuesta. Imaginé que a ella el sexo con Joaquín sí la había dejado satisfecha. Retiré el Ticket en la taquilla del parking y, cuando me dirigía a los ascensores, Vanesa me indicó que le apetecía bajar por las escaleras. Me extrañó, porque habíamos aparcado en el quinto sótano, pero no tardé en comprenderlo. En el descansillo previo al último tramo de escaleras se me adelantó un poco, se volvió, arrojó su bolso en un rincón y, con gran destreza, se sacó el jersey y dejó caer su falda al suelo, quedándose sólo con las medias puestas.

  • ¡Tonto! ¿Crees que eres el único que se ha quedado con ganas? -Me dijo ella mientras se enroscaba en mí. Mi erección fue prácticamente inmediata, de manera que, sin más preámbulos, la senté sobre la barandilla y la penetré. Su vagina estaba muy húmeda y ardiente. Prácticamente se deshacía con cada embite de mi miembro. Yo, como estaba excitadísimo, decidí no acelerar demasiado para no irme prematuramente.

  • ¡Vamos! ¡Dame más duro! ¡Me ha puesto a cien verte follar con esa guarra! -Gritaba Vanesa mientras empujaba mi trasero con sus piernas que me rodeaban. Yo la satisfice mientras ella gritaba con satisfacción, llevándola rápidamente a un primer orgasmo. Sus gemidos y convulsiones me excitaron todavía más, y tuve que luchar lo indecible para no correrme. La bajé de la barandilla y la puse de espaldas a mí, restregando mi pene contra su trasero mientras le acariciaba los pechos y besaba su cuello. De repente, oímos los pasos de alguien, y recordé de pronto dónde estábamos. Afortunadamente, una puerta separaba las escaleras de los ascensores y no era lógico que alguien pasase por allí para subir cuatro o cinco pisos andando. Ella, aparentemente ajena al suceso, fue inclinándose hasta conseguir la posición idónea para que mi pene se introdujese sin ayuda en ella. Aprovechando la ventaja que me daba la posición, empecé a juguetear con un dedo en su culito, mientras me recreaba sacando por completo el miembro para volvérselo a clavar tras una pequeña demora, una y otra vez.

  • ¡Me vas a volver loca, cabrón! ¡Oh, cómo me gusta eso! No pares, haz que me corra. -Suplicó. Yo, lejos de detenerme, aumenté el ritmo ferozmente, le inserté del todo el dedo en el ano y comencé a moverlo con rapidez, mientras utilizaba la otra mano para masajearle el clítoris. Los gritos de Vanesa se debían oír en todo el aparcamiento, pero ya me daba igual. Su orgasmo fue tan intenso que quedó casi rendida.

Sin abandonar mi posición dominando su trasero, la hice arrodillarse y comencé, con sumo cuidado, a introducir el glande en su culito. El sexo anal, aunque no era nuevo para nosotros, todavía no lo habíamos practicado demasiado. Ella gemía de desesperación por cada milímetro que yo avanzaba. Cuando tenía dentro un tercio de mi pene, ella me puso la mano en el vientre, indicándome que no siguiera entrando. Yo lo acepté y comencé a maniobrar jugando con esa distancia. No tardó demasiado en estallar nuevamente de placer, dejándose caer de costado sobre el frío suelo, exhausta.

Mi pene regresó de nuevo a la vagina de Vanesa, para completar la faena. Yo ya estaba a punto, pero decidí alargarlo algo más, moviéndome muy despacio.

  • ¡Oh, vamos! Conseguirás matarme ¡Córrete ya en mi coñito, cariño! -Susurró, mientras jadeaba desesperada y su cuerpo se arqueaba dramáticamente. Entregados totalmente, aún aguantamos algunos minutos más antes de corrernos, casi al unísono, mientras la escalera retumbaba por última vez con nuestros gritos.

Tan pronto como recuperamos el aliento nos vestimos y abandonábamos las escaleras. Una pareja que esperaba el ascensor se quedó mirando a Vanesa con asombro. Sus medias, que ya tenían algún pequeño roto a raíz del revolcón con Joaquín, estaban ahora completamente destrozadas. Y, lo peor de todo, mi semen había resbalado desde su sexo hacia abajo, dejando un llamativo reguero en una de sus piernas. Mi novia rió avergonzada y salió corriendo hacia el coche.

Al final, pensé, el día había terminado muy bien, pero no exactamente por el intercambio. Claro que, en honor a la verdad, ese juego que no había respondido a mis expectativas fue el detonante de lo que ocurrió más tarde.