No podía esperar

Y no había condones. Necesitaba una verga dentro de mí, pero no quería, ni de chiste, quedar embarazada.

Que tráfico el que había aquella noche. Diez minutos tenían que pasar, para avanzar dos o tres cuadras. Seguro que caminando, se llegaba más rápido a cualquier parte que se fuera. Yo estaba camino al aeropuerto, sentada tras el volante con un cigarrillo en la mano. Llovía a cantaros. Hacía mucho, pero en verdad mucho tiempo, que una tormenta como esa no caía en la ciudad. Para que otro auto no me bañara, traía todas las ventanillas hasta el tope. Me estaba ahogando con el humo del tabaco, pero era mejor que mojarme. Para mojadas ya tenía bastante. Mi entrepierna era un charco más en el pavimento. El olor que desprendían mis jugos, competía contra el del cigarro. Estaba más que excitada.

Faltaban cinco cuadras para entrar al aeropuerto. Eso significaba, además de un buen rato más en el caos, que llegaría tarde a recoger a mi novio. Teodoro, Teo como lo llaman sus amigos, o burrito como lo llamo yo, regresaba de su viaje a Chiapas. El motivo del viaje, fue una excursión escolar. En ese entonces, mi burrito estudiaba biología. Según uno de sus profesores, la selva chiapaneca les enseñaría, a él y a sus demás compañeros, más que lo que podrían aprender en todo un semestre. Me pareció un poco exagerado, pero para no quitarle los ánimos a mi novio, no se lo dije. No me agradaba la idea de separarme de él por una semana, pero no podía ser egoísta. Afortunadamente, el plazo para volver a verlo se había cumplido.

El avión llegaba a las ocho, o sea, hacían cinco minutos, y yo seguía metida en el infernal embotellamiento. Encendí lo que era ya, mi décimo cigarrillo, cuando alguien tocó la ventanilla. La bajé un poco, para ver quien era. Para mi sorpresa y alegría, era él. Fiel a su gran impaciencia, salió del aeropuerto a buscarme. Sabía perfectamente el camino que solía tomar, así que no fue problema encontrarme. Le abrí la puerta y entró al carro, empapado de pies a cabeza. Sus maletas aparentaban cargar agua. La ropa se le pegaba al cuerpo. Su cabello caía sobre su cara. Se veía increíblemente sexy. Me calenté aún más.

Aventó su equipaje al asiento trasero. Se secó un poco la cara, y me besó. Ese beso me supo a gloria; no tuvo algo en especial, comparándolo con otros besos, pero era el primero desde hacía siete días. Su lengua jugando con la mía, me puso duros los pezones, que se transparentaban debajo de la blusa, no llevaba sostén. Una de sus manos tocó mi pierna. Brinqué de la electricidad que descargó su caricia. Fue recorriendo mi muslo hacia arriba, y finalmente se perdió entre mis piernas. Sus dedos sobaron mi sexo, dándose cuenta que ya estaba más que húmedo.

-Pero mira nada más como estás. - me dijo con sonrisa de pícaro - ¿Qué te tiene así?

-Pues tú, mi amor. Siete días sin mi burrito han sido muchos. El sólo pensar que hoy estabas de regreso, me calentó de sobre manera.

-Y dime, ¿me extrañaste mucho?

-Si, mucho, mucho, pero más extrañé a Godzila.

-Pues no tienes porque seguir extrañándolo, ya está de regreso.

Teodoro se abrió la cremallera. Sacó a Godzila, como llamo de cariño a su miembro, de los pantalones. Estaba ya como roca. Los días de abstinencia me hacían verlo, todavía más apetitoso de lo que era. Abrí la ventanilla y arrojé el cigarro a la calle. Con una mano seguí manejando, ya con rumbo a casa, y con la otra apreté ese rico pedazo de carne que tenía ante mis ojos. Empecé a pajear a mi novio. Él nada más me veía, con una mirada llena de lujuria. Quería parar el coche, y que me follara en ese mismo momento, pero no lo hice. Nuestro departamento no estaba lejos, era mejor esperar. Para hacer más fácil la espera, conversamos.

-¿Cómo te fue en tu viaje? - le pregunté, tratando de fingir serenidad.

-No estuvo mal, pero si hubieras estado ahí para jalármela cuando quisiera, todo habría sido mejor.

-Y, ¿qué tanto hicieron? ¿Aprendieron mucho?

-Sí, mucho. Vimos como varias especies se reproducían. Cada vez que observábamos a una pareja de animales tener sexo, me imaginaba que éramos tú y yo. No sabes cuantas ganas tengo de cogerte. Todas las noches soñaba con tu conchita, así, mojadita como la tienes ahora.

-Cállate ya. Yo que quiero hablar de otras cosas, para no lanzarme sobre tu polla en este instante, y tú que me la haces más difícil. Será mejor que estemos en silencio hasta llegar a la casa.

Quité mi mano de su pene, al igual que mi vista. Traté de concentrarme en el camino, en la lluvia, en la luna, pero no podía. De reojo, podía ver que mi burrito se masturbaba. Recogía el lubricante en la punta de su falo, y lo llevaba a su boca. El que hiciera eso me enloquecía, y él lo sabía. Quería volverme loca. Se cayó por un rato, pero después siguió con sus morbosas frases.

-Mira todo lo que te vas a comer, preciosa. ¿No te gusta? Claro que te gusta, si eres una puta, te encanta la verga, y yo tengo una muy buena, mueres porque te la ensarte, ¿verdad? Sí, estás bien caliente, no puedes disimularlo por más que quieras. Puedo oler tus ganas de sexo, saliendo de tu raja, la que voy a chupar hasta hartarme. Voy a meter mi lengua, luego mis dedos. Me vas a rogar porque te la meta, pero te voy a hacer sufrir. Te la voy a dar hasta que a mí se me antoje, y cuando eso suceda, te voy a follar como una perra, me vas a pedir que me detenga...

Teo no paró de hablar en todo el camino. Cada una de sus palabras, me encendían más. Sentía que de sólo escucharlo, me correría. Nunca me ha gustado conducir a altas velocidades, pero esa vez metí el acelerador hasta el fondo. Quería llegar lo más pronto posible al departamento. Moría por tener en mi boca o en mi sexo, esa enorme pija que atrapaba mis pensamientos. Gracias a Dios, llegamos a nuestro destino. Ambos bajamos del auto y corrimos hacia la entrada. Él seguía con el cierre abajo, y con la verga de fuera. El imaginar que algún vecino pudo haberlo visto, terminó de excitarme al máximo. En cuanto escuché la puerta cerrarse, me abalancé contra mi novio. No había tiempo ni para desnudarnos.

Me arrodillé frente a él, y me metí a la boca lo más que pude de su pene. Estaba mojado, chorros de pre semen escurrían por el tronco. Ese líquido me supo a miel. Mis labios bajaban y subían por su polla, con rapidez, aprisionándola, acariciándola, haciéndola palpitar. Sus manos jalaban mi cabello y empujaban mi cabeza. "Así, cómetela toda zorra", me decía, y yo aceleraba mi ritmo, y mi entrepierna parecía cada vez más un volcán. Mi lengua disfrutaba frotando la dureza de esa verga. Mi garganta lo hacía con la suavidad de su capullo.

Los jadeos de mi burrito eran muy fuertes. Estábamos tan necesitados uno del otro, yo de su falo y el de mi boca, que el volver a tenernos era mágico. Su miembro empezó a ensancharse. Era la señal de que de un momento de otro, se vendría. Él parecía no desearlo, porque me apartó. "No seas golosa cariño, ya tendrás otra ración de verga, ahora me toca a mí", me dijo, hundiéndose entre mis muslos. Aparto mis bragas a un lado, y dio inició al mejor sexo oral de mi vida, o como lo percibí esa noche. Sentir otra vez sus caricias en mi vulva, sus dientes cerrarse sobre mi clítoris, y sus dedos hurgar en mi vagina, fue un alivio a mi calentura. Bastaron dos segundos para que tuviera un orgasmo.

Bañé su rostro con mis jugos. Él se bebía lo que caía en su boca, y con la lengua limpiaba lo que estaba a su alcance. El clímax fue más fuerte que nunca, más duradero, más intenso. Mis uñas arrancaban a pedazos mi blusa. Gritaba como una desquiciada. Los pezones me dolían de lo duros que estaban. Y Teo, seguía perdido en mi sexo. Ya no soportaba un segundo más, sin tener su pija atravesando mi cuerpo. Así se lo pedí. "Dámela ya. Ensártame de una buena vez. Te necesito dentro, por favor", le decía. Me vio tan desesperada por ser penetrada, que no parecía querer cumplir lo que había dicho en el auto, eso de hacerme sufrir, y dármela hasta que a él se le antojara. Abrió el cajón del buró para sacar un condón, pero, desgracia de desgracias, no había uno solo.

Buscó como loco por toda la habitación, pero no tuvo mejor suerte. Yo lo veía pasearse por el cuarto, con su gran polla balanceándose como un duro péndulo, y más lo deseaba en mi interior. Ambos anhelábamos follar, pero no podíamos hacerlo si no había condones. Ya una vez habíamos tenido relaciones sin gorrito, y resulté embarazada. Afortunadamente, en palabras del doctor, el producto no se formó de manera adecuada, y lo aborté espontáneamente. Nuestra calentura era demasiada, pero por nada del mundo quería un niño, y él tampoco. Casi lloro de pensar, que debíamos esperar un poco más.

-No puede ser, - grité - ¿cómo es posible que no haya al menos uno? ¿Por qué ahora, cuando más lo necesito?

-No te desesperes mi vida, no nos vamos a quedar con las ganas. Yo tengo que vaciar la leche de una semana, la falta de un condón no me va a detener.

-No, yo también lo deseo, tanto o más que tú, pero no vamos a pasar por lo mismo otra vez. - le reclamé, refiriéndome al embarazo no deseado, y el posterior aborto.

-No te preocupes, eso no pasará de nuevo.

Al principio no entendí muy bien lo que intentaba decirme, pero en cuanto me pidió que me pusiera en cuatro, lo supe. Siempre me había negado a tener sexo anal, me daba miedo por el tamaño de su miembro, pero en esa ocasión no había otra salida. Estaba urgida de verga, y o cedía, o me quedaba con las ganas. Me resigné a sentir un poco de dolor, con tal de tenerlo dentro. Mi burrito se colocó detrás de mí, con su mirada directo a mi culo, que por cierto, es tal vez la mejor parte de mi anatomía.

Acercó su lengua a mi ano. El contacto de la punta de ésta, me erizo la piel. Nunca habían estimulado esa parte tan escondida de mi cuerpo, pero el simple hecho de que la rozaran, fue en extremo excitante. Teodoro inició con un beso negro que daba miedo. Ensalivó por completo el agujero. Yo me retorcía con cada caricia. Metió un dedo en mi culo. Al principio fue un poco incómodo, pero luego le pedía más. Llegó a introducir tres. Los movía de manera circular, uno contra otro, o de adentro hacia afuera. Bajé mi mano a mi sexo. Con tan solo poner la yema de mis dedos sobre mi clítoris, terminé por segunda vez.

Mi burrito aprovechó ese momento. Tomó mi cadera con ambas manos, colocó la punta de su pene en la entrada de mi culo, y empujó con fuerza. Me entró más de la mitad de su falo, de un solo golpe. El dolor no fue tan insoportable, gracias a que aún me encontraba bajo los efectos del orgasmo. Ya con más delicadeza, Teo me penetró hasta que sus huevos chocaron con mis nalgas. Una vez que se había el placer del clímax, pude darme cuenta del horrible ardor que sentía. Estuve a punto de pedirle que se saliera, pero aguante.

Dándome tiempo para acostumbrarme a él, mi novio estrujaba mis senos. La manera tan ruda en la que lo hacía, casi dolorosa, comenzó a devolverme la excitación perdida. En poco tiempo, estaba lista para recibir sus estocadas. Él lo supo, inició el mete y saca. Las sensaciones que me provocaba su pija, perforándome el culo, eran algo nuevo, sumamente placentero. Me sentía llena, pero no satisfecha, quería más, que me lo rompiera, pero el me hacía sufrir. Sus movimientos eran lentos, para que terminara de acostumbrarme, según él.

Así pasaron más de quince minutos; tiempo en el que no aceleró sus embestidas. No resistía más, le rogaba que me diera con todo. De repente, me dejó vacía, se salió de mí. Volteé hacia él, llena de furia. Estaba acostado sobre el piso, con su mano en la base de su falo. "Siéntate mamacita, quiero que seas quien lleve el mando", me dijo. No faltó que lo mencionara dos veces. Me dejé caer sobre su caliente espada. Mi ano ya no representó un obstáculo, Teo lo había dejado bien abierto. Me entró toda la longitud de su verga con gran facilidad. Estaba completa otra vez, y sería yo la que llevara el ritmo en adelante.

No tuve contemplaciones, necesitaba una follada feroz. En cuanto sentí la punta de su polla hasta el fondo, comencé a subir y bajar, con gran velocidad. Su gran mástil me estaba destrozando, o mejor dicho, yo me estaba destrozando con él. Llegó un momento que lo sacaba entero, para luego atravesar mis entrañas de golpe. Comprendí que había sido una tonta, el sexo anal era tan placentero como cualquier otro. Descubrí que podía cerrarme sobre él, al igual que con mi vagina. Lo hacía una vez tras otra, o de manera espaciada. Estaba encantada. Ser penetrada por Godzila, estaba siendo una delicia. Su tamaño era lo mejor. Habría deseado que me llegara hasta la garganta.

Cabalgué a mi burro por media hora, antes de que su pija se endureciera más, como aviso a que estaba por eyacular. Cuando me percaté de ello, me auto penetraba con más ganas. Teo cerró los ojos. Estiró una mano para tomar mi botoncito. Estalló dentro de mí, llenándome el culo con su semen. Con cada chorro que expulsaba, sus dedos se cerraban sobre mi clítoris, dándome un enorme placer. Su leche estaba tibia, y fue sensacional tenerla en mis intestinos. Yo también me vine, exprimiéndole hasta la última gota con mis espasmos.

Me dejé caer sobre mi novio, con su pene todavía en mi interior. Poco a poco fue perdiendo su firmeza, hasta que se salió. Me levanté y nos quitamos la ropa, estaba sucia y olorosa. Me acosté en el sofá. Me masturbaba frente a él, al mismo tiempo que le decía lo mucho que me había gustado, y como deseaba hacerlo de nuevo. Al poco tiempo, su verga estaba parada de nuevo. Se acercó a mí. Puso mis piernas sobre sus hombros, y me penetró.

Esa posición resultó ser mucho más placentera, permitía una penetración más profunda. Le pedí que me partiera el culo, no se hizo del rogar. Me folló como si fuéramos animales en celo. Su polla salía y entraba de entre mis nalgas, arrancándome gritos de placer. Ya no me importaba que el sexo anal, pudiera no ser un buen método anticonceptivo, ya que existía la posibilidad de que una gota de semen resbalara hasta mi concha; en lo único en que pensaba, era en lo bien que se sentía. Mi burrito siguió cogiéndome con gusto. No quiso descansar hasta que descargara toda la leche acumulada. Para mi fortuna, era bastante.