Mi segunda experiencia lésbica

Me encanta amar a otra mujer

Quedamos  en el salón de la cafetería del Hotel.

--¿Seguro Marga, estás decidida?

--Manolita: Como estoy segura de que pase lo que pase, lo vas a entender, voy convencida, no tengo ningún temor.

--Vamos a hacer una cosa Marga. Yo llevo la iniciativa, iré muy lentamente, poquito a poco. Tú sólo tienes que decir: sigue o para.

--Me parece estupenda esa idea.

Apuramos las copas que estábamos tomando, y nos dirigimos a su habitación, en la mía descansaría plácidamente Darío.

Salimos del ascensor que nos elevó a la sexta planta. Al no haber nadie por el pasillo, tomé a Marga por el talle, y apoyé mi cara en su hombro.

--¿Te molesta?

--Para nada. Me agrada, puedes seguir. Por cierto; ¿Qué perfumes llevas? Huele que excita.

--Esencia de Loewe

--¡Ummmm! Ventea de maravilla.

--Mañana te regalaré un pulverizador, para que siempre me recuerdes.

Entramos en la habitación, solté mi mano de su talle, y tomé la suya; y así entramos en el "Pórtico de Lesbos".

Margarita se sentó en la cama de matrimonio esperando acontecimientos. Miré su semblante y al parecerme que sus ojos emitían el brillo del deseo, coloqué mi brazo derecho por sus hombros.

--Eres preciosa. A la vez que le daba un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios, para que fuera notando el emboque de los míos.

Margarita se volvió. Los tenía a escasos diez centímetros. Me acordé de mi primera experiencia lésbica que tuve con otrora su madre Adela, (hoy Darío gracias a la cirugía); era la misma situación. Y como yo hice otrora, ella hizo lo mismo: probar la miel de mi boca.

Fue un beso fugaz, apenas se rozaron nuestros labios, pero fue lo suficiente para que la niña sintiera lo mismo que yo sentí cuando me besé con su madre: un escalofrío desde la nuca a los pies.

--Sigue, sigue; y no pares hasta que veas que reviento de placer. Me dijo Marga con los ojos entornados.

Estábamos las dos todavía vestidas, suavemente le eché sobre la cama, boca arriba. Desabroché los dos botones superiores de la blusa, y asomó entre ellos el principio de sus pechos. Estaban tan unidos y prietos que formaban una quebradura en el centro.

Desabroché los tres botones restantes y se descubrieron ante mi dos senos que me pedían a gritos que les liberara de aquel sujetador azul celeste que los retenía.

Eliminé por su espalda "el guardián" en forma de corchete que les paralizaba, y ¡Voila! Emergieron dos volcanes a punto de erupcionar.

Mi mano derecha, sigilosamente bajaba en busca de "la cueva del placer". Descorrí la cremallera que la custodiaba y se posó en un salva slip. No llevaba bragas.

--¿No usas bragas?

--Con pantalones casi nunca. Sólo el salva slip. Pero sigue por favor, no pares. Y cerró los ojos esperando nuevas y sensaciones.

--Aparté el salva slip, y no pude reprimir el deseo de olerlo, cosa que hice, y olfatee los exudados de su alma y corazón que emanaban a través de su concha.

--Tu aroma natural, es más excitante que mi perfume artificial. Me figuro que debe ser la esencia de tu paraíso, ¿verdad? Porque parece fragancia de diosas.

--¡Tonta..!

Mis dedos índice y corazón recorrían su hendidura, que cual manantial subterráneo manaba agua en abundancia. Los movimientos de su pelvis y caderas se agitaban al compás de mis extremos anunciando que estaba totalmente absorta en la melodía que mis dedos tocaban. Sus suspiros empezaron a convertirse en convulsiones...

--¡Para, para, para que me matas !

--¿Manolita?

--Dime cielo.

--Si esto es el preludio, me estremece pensar cómo será el intermedio, y me impresiona conocer el final.

--Ya lo comprobarás mi amor. Voy a llevarte a una nirvana totalmente desconocida para ti.

Era mi segunda experiencia lésbica, y estaba asombrada. ¿Es qué soy lesbiana? No lo sé, sólo puedo decir, que, en este momento no cambiaría a Margarita por todos los hombres del mundo. Y me asusté.

Me asusté porque al recordar la figura de otrora su madre, me entró un sentimiento muy especial, sentimiento que sobrepasaba al de su nuevo estado.          Entre Darío y Adela, que eran el mismo ser y la misma esencia, me quedaba con la de Adela.

Pero por otra parte sabía que entre Margarita y yo no podía haber otra circunstancia aparte del placer; podría perfectamente ser mi hija.

--¿Qué piensas?

--Nada cariño. Que soy tan feliz a tu lado, y me duele que la diferencia de edad, nos lleve por sendas diferentes.

--No pienses ahora en eso, y vamos a gozar las dos como si mañana fuera el fin del mundo. Pero antes voy a hacer "un pipi".

--Te acompaño. Vamos a hacer ese "pipi" juntas.

Ella lo hizo en la taza y yo en el bidé. El cuadro podía haberlo pintado un genio de la pintura, y sin duda hubiera sido expuesto en los mejores pinacotecas del  mundo.

No sé. Pero instintivamente tomé un paño higiénico que pendía de una percha adhesiva al lado del bidé, y fui a secar los restos del "pipi" de Marga. Me agradeció con la mirada el gesto, y pasé el paño con suavidad exquisita por toda la superficie de "su conchita" .

Me dio un beso en los labios, caricia que retomé con ansias inusitadas, y allí las dos; yo con las bragas por los tobillos, y Marga con los pantalones debajo de las rodillas, nos besamos como dos hespérides al borde del deseo en un abismo infinito.

Y Allí mismo nos desprendimos de las prendas que todavía llevábamos en la piel.

--¿Me dejas que te baje las bragas? Me excita la idea.

--¡Cómo no cielo!

Marga bajó mis bragas con suma delicadeza y ante mi asombro, posiblemente para devolverme el gesto de oler su salva slip, o bien porque de verdad le excitaban mis "aromas fluviales", las frunció y se las llevó a sus fosas nasales.

Aspiró profundamente como queriendo desprender las incrustaciones de mis flujos vaginales. En sus ojos no vi rechazo ante "el aroma" que respiraba; reflejaban el placer que concede el sentido del olfato.

Amarraditas del talle salimos del cuarto de baño, y como Dios nos trajo al mundo, nos dirigimos al receptáculo del amor, donde consumimos todas las ambrosías y malvasías que conceden los dioses del Olimpo a los que se aman con pasión.

Narrar una escena lésbica es peliagudo, y máxime cuando las dos hembras se han dejado el aliento y la esencia en la alcoba.

Para Margarita fue algo tan extraordinario, que no podía creer, que mis labios y mi lengua lamiendo su "cálida y húmeda rosa", pudiera causar en ella tanto placer y sentimientos tan profundos.

Es más grandioso que un simple orgasmo material...

Pensaba... Se sentía como transportada a un mundo desconocido...

Un mundo que ningún varón de La Isla había podido llevarle ...

--¡Por Dios Manolita... Por Dios... para, que otra vez me matas !

Tenía tan bien aferrada a Marga por las caderas, que su vulva con mis belfos, parecían estar sellados.

Entró en un estado de excitación que me asustó. Gritaba de una forma tan exasperada, que tuve que abandonar "su jardín sagrado" y subir a acallar su boca con un beso.

Pero al igual que me pasó a mi otrora con su madre; al sentir las emulsiones de su propio sexo en mi boca, fue como una explosión en sus meollos, que le hizo estremecer.

De repente me dijo: ¿Te molesta ese colgajo?

Al momento no comprendí, pero al segundo me di cuenta, que "ese colgajo", es el clítoris tan desarrollado que tiene; le sobresale de la vulva como unos cinco centímetros. Mientras le lamía, no calibraba su tamaño, mi lengua detectaba su presencia y le chupaba con delectación. Al advertirme, miré y efectivamente, era un  de los llamados "hipertrofia de clítoris", y que a Marga le creaba un gran complejo.

Me fijé muy detenidamente, y ¡desde luego! que es anormal, pero a la vez excitante. Le dije:

--Seguro Margarita, que a los hombres les debe encantar... No me dejó acabar. Se llevó las manos para cubrírselo, y la carita que puso de vergüenza que me dio penita. Se las aparte, y me lo metí en la boca como si de un caramelo se tratara.

Lo lamía de tal forma, que Marga se retorcía de placer; y a mí, me producía sensaciones nuevas. Eso de que mis labios y me lengua pudieran jugar con algo tan intrigante, y que muy pocas mujeres lo tenemos me sobrepasaba, y fue tal el orgasmo que le proporcioné, que Marga olvidando su complejo, pretendía meter más en mi boca, "ese colgajo" tan excitante.

--Ves, como "eso que tienes" es más excitante que rechazable. Y me acariciaba del pelo, mientras yo seguía saboreando "ese caramelo".

De repente me acordé de "la tijera", aquella postura que me enseño Adela, e hice lo mismo con Marga. Le abrí las piernas, a la vez que yo me situaba enfrente de ella, crucé las mías, de tal forma que nuestros sexos quedaron como sellados.

--¿Esto que es, Manolita?

--Espera... creo que te va a gustar.

Le así por una de las caderas, para que me sirviera de soporte a los movimientos pertinentes a tal acción. Pegué mi vulva a la suya de tal manera, que, sentí como "su colgajo" se introducía en mi vagina; o al menos yo le sentía dentro.

El empujón que pegó Marga hacia mis honduras fue apoteósico. Ahora fue ella, la que se aferró  mis caderas, y me follaba como si de un hombre se tratara.

Gritaba de tal forma, que tuve que taparle la boca con una mano; y fue tal el mordisco que me dio, que me dejó la marca de sus dientes por unos días en el lateral de esa mano.

Quedamos las dos exhaustas, rendidas, abatidas, mirando a la lámpara del techo como si de un cielo se tratara. Me dijo al rato.

¿Manolita? Es la primera vez que hago el amor con una mujer, y te juro, que ha sido maravilloso. Lo que me confunde, es si mi orgasmo ha sido de mujer o de hombre, porque debo confesarte, que en esta postura...          --¿Cómo dices que se llama?

--La tijera,

--Me imaginaba que yo era un hombre y que te "cogía".

--¿Cómo que me cogías?

--¡Bueno, sí! Es que en La Isla, coger, llamamos a lo que en España llamáis follar.

¡Ah! ya.

--Otra cosa te voy a pedir, Manolita.

--¿Qué cosa?

--Es que me da corte... decírtelo.

--¡Por favor Marga! ¿A estas alturas?

--Me gustaría lamértelo a ti, pero tengo mis dudas.

--¿Asco quizás? Le pregunté mirándole a los ojos.

--No, no... No sé que es, pero te aseguro que no es asco.

--Mira, vamos a hacer lo siguiente: ponte boca arriba. Yo me acoplaré en tu cintura, e iré subiendo lentamente mi vientre hasta tu boca; los ojos tenlos como quieras, cerrados o abiertos. Iras notando el perfume de mis exudados, y cuando mi vulva esté cerca de tu boca, en ese momento, cuando sientas su aroma, sabrás si lo quieres acariciar con la lengua o rechazarlo.

--Eres un cielo Manolita. Siempre intentado darme las mayores satisfacciones. ¡Venga! Vamos a probarlo.

Me pasé un paño por la vulva, estaba demasiado mojada, y aunque no pretendía restarle sus efluvios naturales, si procuraba que no fuera demasiado húmeda, para que la boca de Marga, en caso de decidirse a lamerme, sus labios notaran las carnosidades de mi sexo; y que su lengua no se deslizara por "mi aberturita" por exceso de lubricación.

Me enlacé en su cintura, mis manos apoyadas levemente en su pechos, ella cerró los ojos. Situé poco a poco mi Monte de Venus a escasos diez centímetros de su boca.

Sólo recuerdo, que sentí como sus manos se aferraban a mis glúteos, y de un leve empujón situó mi sexo expectante en su boca. Me "lo bebió" como un niño sediento bebe el agua de su biberón.