Mi nuevo vecindario (5)

Lidia me propone por fin llegar al culmen de la liberación sexual.

Pasaron unos meses y llegó el frío.

Los encuentros se espaciaban un poco más, pero no perdían el tono de complicidad que habían logrado a través de nuestras experiencias conjuntas.

Tomábamos café, comíamos juntos si coincidíamos por la zona, etc. Hubo muy pocos encuentros sexuales, pero se mantenía la relación.

Cierto día, tomando un café, Lidia comentó:

¿Recuerdas lo que te comenté acerca de los tríos?

Has dicho muchas cosas – respondí yo – pero de lo fundamental creo que sí que me acuerdo.

Lidia miró su taza de café y continuó hablando:

-Al principio te comenté que Jaime no estaba en contra, pero que tampoco se sentía muy preparado. – Hizo una pausa y continuó con tono serio – Hemos estado practicando cosas nuevas, de las que aprendí contigo y con Marta; nos hemos soltado bastante la melena en el tema sexual.

-Eso es muy bueno, nena. Te mereces disfrutar de los placeres de la vida.

  • También hemos hablado, hemos tocado el tema de hacer un trío. Yo le conté que sería mi mayor fantasía sexual y parece que está dispuesto. Yo le noto mentalmente preparado.

Yo la miré fijamente sin decir nada, esperando que ella dijese lo que estaba deseando soltar.

Queremos hacer un trío: HMH. Me ha dicho que busque un hombre.

¿Estás segura de todo? – le pregunté yo.

Sí, Jaime me comentó unos mínimos requisitos. Y tú los cumples todos. Eres joven, abierto, discreto, respetuoso, … y con compromiso, lo que garantiza que no me enamoraré de ti.

Levanté la vista y le sonreí

Ya sabes que los hombres sois así de celosos – respondió ella.

Y que vosotras sois así de locas.

No tenemos solución, pero podemos aprovecharnos de ello.

Aquella tarde estuvimos definiendo la forma de actuar, cómo proponérselo a Jaime y cuándo montarlo.

Acordamos hacerlo a modo de encuentro casual. Ella le comentaría que yo era el tipo elegido y entre ambos montarían una tarde en la que coincidiésemos los tres. Supuestamente yo no sabría nada y ellos esperarían mi reacción.

La verdad es que puede ser excitante, casi me estoy imaginando la situación. – comentó Lidia. - A mí los preparativos me excitan casi tanto como el acto en sí.

No te puedes hacer idea de lo cachondo que estoy yo ahora mismo, Lidia.

Acercó su cara a mi oído y me susurró:

Vámonos al coche.

Salimos de la cafetería y nos dirigimos al coche. Ambos teníamos un enorme calentón. Llevé el coche hasta un polígono industrial cercano a casa, donde a esas horas no había tránsito. Aparqué en un lugar apartado y allí mismo, comenzamos a besarnos frenéticamente. Unos minutos después, ya semidesnudos, nos pasamos al asiento trasero del coche y allí echamos un buen polvazo. No perdimos tiempo en nada. Lidia no se quitó la minifalda, ni tan siquiera el tanga. Como dos posesos, competíamos por poseer al otro, por darle mayor placer, por llegar más profundo aún. Fue un acto salvaje. Ambos descargamos toda la adrenalina acumulada, fomentando una especie de adicción, de necesidad de nuestros cuerpos.

Buscamos la fecha y ella se encargó de prepararlo. Me mantuvo puntualmente informada de los avances de la situación.

Llegó el día elegido. Yo me quedaba solo en casa porque Eva tenía un viaje a Barcelona. Jaime me llamó y me invitó a tomas unas cañas, a lo que yo accedí.

Nos encontramos en el portal y nos fuimos a un bar cercano. Tomamos un par de cañas y Lidia se mostró bastante abierta y cariñosa conmigo.

Una vez pagamos y salimos del bar, Jaime sugirió:

Lidia, ¿qué tal si invitamos a nuestro vecino a casa?. Sacamos algo para picar y tomamos la última copa.

Por mi encantada – Dijo ella – Así podremos estar más cómodos y charlar más tranquilamente. ¿Qué dices tú? – Preguntó mientras me miraba

No sé qué decir. No quiero molestar.

No es ninguna molestia, hombre. – dijo Jaime - No te invitamos como vecino, sino como colega.

De acuerdo, - dije yo – pero bajo la condición de que cuando empiece a molestar, me lo diréis.

Hecho – Dijo Lidia.

Subimos a su casa y nos sentamos en el salón Jaime y yo. Lidia dijo que iba a ponerse ropa cómoda y a preparar unas copas.

Mientras esperábamos, comenzamos a charlar Jaime y yo. Fuimos sutilmente profundizando en el tema de sexo, mujeres, fantasías, etc. Jaime dijo:

Lidia y yo empezamos a ser bastante abiertos en ese tema.

Eso es bueno – dije yo – siempre que haya la suficiente confianza mutua, creo que se pueden hacer muchas cosas.

Exacto. A mí no me importa si ella se lo hace con otro. Prefiero no saberlo, pero no me importa si lo hace. ¿Por qué? Porque me ha demostrado que me quiere. El hecho de un escarceo para saciar el apetito, o para probar cosas distintas no ha sido contraproducente. Al contrario: cada vez nos va mejor. Nos vamos abriendo y cada vez tenemos menos tabúes.

Es la esencia de la buena convivencia, Jaime. Llegar a ese punto de complicidad en el que puedas tener esa tranquilidad. Llega a ser constructivo.

Yo la tengo. – se reclinó en el sofá y miró al techo – Veo que tienes la misma visión del tema que nosotros, así que te seré sincero: Lidia tiene una fantasía, que es hacer un trío. Ya lo hemos hablado a fondo y estamos preparados para probarlo

Se hizo un tenso silencio entre nosotros. Jaime rompió la quietud.

Pasémoslo bien.

Ok.

Apareció Lidia en el salón. Llevaba una minúscula bata de satén, negra con el borde rojo. Dejaba a la vista la práctica totalidad de sus estilizadas piernas. Marcaba con el cinturoncito la silueta de su cintura y sus caderas. Era como una auténtica diosa oriental del sexo.

Se acercó a la mesilla del salón y colocándose frente a su marido, se agachó para dejar la bandeja con las bebidas. Jaime pudo deleitarse con su perfecto escote mientras yo quedaba casi extasiado con la visión al completo de su culito y las bellísimas bragas que había elegido para la ocasión: Caladas, negras, tipo boxer. Le hacían un trasero excepcional y dejaban entrever los pliegues de su raja.

La situación se desencadenó de manera muy rápida, casi sorpresiva.

Lidia observó Jaime y le dijo:

Parece como si no hubieses visto nunca un escote, Jaime.

He visto muchos –replicó él- Pero ninguno tan sugerente.

Hay que reconocer – intervine yo – que además de tenerlo, hay que saber llevarlo y lucirlo.

Lidia se sentó junto a mí y sonrió.

¿Y que más cosas tengo yo? – preguntó

Tú las sabes. – Puse una mano en su muslo. Observé la reacción de Jaime: no se sorprendió; era lo que él esperaba. Así que continué. – Tienes unas piernas muy bonitas, un precioso trasero, …unos ojos color miel muy sugerentes,… una boca y una sonrisa cautivadoras,….

Lidia se había girado hacia mí y me miraba mientras comenzaba a acariciar mi muslo ascendiendo hacia mi entrepierna.

Y unas buenas tetas – concluyó Jaime – tócalas, son perfectas.

Comencé a ascender con mis manos hasta acariciar por encima de la bata de nuevo aquellas maravillosas tetas. Ella se dejó llevar y comenzó a besarme en los labios.

Continuamos besándonos y fuimos cayendo en el sofá hasta quedar yo tumbado y ella a cuatro patas sobre mí. Bajó mi cremallera y metió su mano. Comenzó a manosearme el congestionado paquete, mientras por detrás Jaime comenzaba a sobarle las nalgas y la raja por encima de las bragas.

Desabroché su cinturón y retiré su bata. Ella continuó desvistiéndome y besándome.

Jaime le susurró al oído:

¿Cómo estas, cariño?

Estoy dispuesta, amor, cuando tú quieras.

Jaime le quitó con suavidad las bragas y colocándose tras ella, sacó su miembro tieso y se dispuso a inaugurar el coñito de su nena.

Lidia descendió hasta mi verga y comenzó a chuparla como hiciese aquella primera vez en verano.

Cuanta más caña le daba Jaime, más énfasis ponía ella en la felación. Su respiración se aceleraba y se hacía más fuerte. Me fui incorporando para pasar a un papel más activo. Arrodillado en el sofá, frente a ella, continué follándole la boca mientras su marido se la follaba por atrás. Oíamos su respiración y el sonido de sus flujos al ser penetrada. No dejó escapar un solo gemido, aunque se la veía gozar como a una cría.

Tras un buen rato así, Jaime se retiró y colocándose junto a mí, le ofreció su polla para que le diese un repaso. La nena fue alternando ambos miembros. Los engullía con ansia, se los tragaba enteros y se recreaba lamiendo las puntas y sobando aquellos mástiles a lo largo de toda su longitud.

Dejé que Lidia le diese una buena mamada a su marido, y me dediqué a ir poniendo de nuevo a tono su coñito. No fue muy difícil, ya que además de estar recién follada, continuaba poniéndose cachonda con la polla de su marido clavada hasta la garganta.

Aproveché y tanteé su ano. Paseé mis dedos por toda la raja, hundiendo un dedo en cada agujerito. Su culito cedió con suavidad.

Así que mientras la nena se dedicaba a hacer que Jaime se corriera en su boca, comencé mi penetración. Empezando por follarle aquel precioso chochito, continué con embestidas duras y secas, y pasé a alternar con leves intentos de penetración anal. Lidia se excitaba cada vez que sentía mi verga merodear por su ojete. Su excitación crecía al no recibir ese empujón que la llenase el culo.

Por fin, en una de aquellas transiciones, decidí que era el momento de clavarla. Así lo hice. Ella gimió, se tragó la verga de su marido, tosió un poco y continuó engullendo y gozando.

Se escuchó a Jaime susurrar, mientras agarraba a su hembra por el pelo:

Vamos nena, te vas a tragar toda mi corrida ¿verdad? – y continuó follándole la boca.

Lidia no respondía. Tan solo chupaba y tragaba aquel tronco que le penetraba en su boca. Movía el culito como un perrillo, al compás de mis embestidas.

Jaime comenzó su éxtasis y Lidia cumplió sumisamente tragando hasta la última gota de semen. Tras ello, y mientras yo seguía dándole una buena ración de enculada, limpió con sus labios los restos de semen de la polla de su maridito y pidió un poco de bebida. Jaime se la dio y se marchó al baño.

Lidia bebió un poco de martini, se giró y tumbándose frente a mí, dijo:

Toma mi coño, fóllalo bien, como tú sabes. Me has calentado muy bien el culo. Ahora voy a hacer que te corras bien, mi toro. Y córrete donde tú quieras. Todo mi cuerpo desea tu semen.

Eres única, Lidia – le susurré yo mientras me encaminaba a metérsela con toda decisión. Nos abrazamos y follamos con auténtica sensualidad y pasión. Besándonos, sobándonos, pasando por episodios más relajados y otros más efusivos.

Al poco rato, noté que llegaba mi primer orgasmo y antes de tener que avisarle, ella lo percibió y me suplicó:

Quédate dentro. Córrete dentro y lléname,…. Yo también me corro, fóllame así,….. sigue y no pares…..

Terminamos nuestra corrida a la vez. La follé a toda pastilla hasta descargar mi primera dosis de leche en su coñito. Según terminaba yo de sacarla, apareció Jaime con su verga otra vez medio tiesa y sin dejar descansar a Lidia, se la metió de nuevo en la boca. Ella, totalmente extasiada, se dejó utilizar. Su boca fue follada sin miramientos por Jaime, el cual, consciente de los gustos de su mujer, le seguía dando sexo sin tregua.

Tras un rato de follada bucal, Jaime sacó su polla de la boca de su mujer y dejó que descansara un poco.

¿Cómo te sientes, nena? – Preguntó Jaime.

Genial – suspiró ella, peinándose el cabello con los dedos – podría estar toda la noche con vosotros. Sois unas auténticas máquinas de dar placer.

Sabes disfrutar bien tus posibilidades – le agradecí yo.

Esta noche soy vuestra, chicos. Podéis hacer de mí lo que queráis. Me encanta sentirme vuestro juguete.

Así será – confirmó Jaime – vamos a exprimir tu talento hasta llegar a los límites.

Siempre deseé conocer mis límites – dijo Lidia.

Bebimos un poco de Martini y decidimos ir a limpiar a Lidia. La llevamos al baño. La metimos en el jacuzzi que se habían montado en aquél ático de ensueño. Jaimé se fue a la habitación y regresó con dos juegos esposas, uno de los cuales utilizó para anclar las manos de Lidia al asidero de la bañera. Esto comenzó a excitarla.

Jaime y yo comenzamos a masajear su cuerpo con el agua y jabón que había en el Jacuzzi. Sus piernas, sus senos,…. La nena se iba excitando y retorciendo; su rajita, …. La nena abría y cerraba sus muslos para atrapar aquellos dedos juguetones; y su boca, pasando los dedos a la vez que ella, totalmente cachonda sacaba su lengua buscandolos con avidez y lamiendolos. Un rato así y comenzamos a sustituir nuestras manos por nuestras vergas tiesas.

Lidia buscaba con su boca una polla para lamer, mientras Jaime o yo se la paseabamos por los labios, rozándola y haciéndola desear aquel preciados manjar.

Igualmente en su coñito liso y depilado, paseabamos la punta de la polla mientras ella levantaba su pubis intentando clavarse aquel objeto de deseo que quedaba fuera de su alcance.

Jaime tomó las muñecas de Lidia y esposó una de ellas a su brazo y la otra al mío. La nena quedó sometida a nuestros caprichos con sus manos cual marioneta, dirigida por sus dos sementales. Buscaba una polla que pajear mientras nuestra mano hurgaba en su raja, acariciaba nuestros rostros cuando la besábamos,….

El placer fue creciendo hasta que ambos decidimos que era el momento de follarnosla. Jaime dijo:

Follémonos a esta hembra como se merece.

Se colocó tumbado en el jacuzzi y montó a su mujer sobre el. Lidia, totalmente obediente le ayudó a clavarse aquella verga tiesa.

Quedaron un momento unidos íntimamente, abrazados y sintiendo la penetración con total intensidad. Lidia comenzó a moverse sobre aquél mástil de manera sensual.

Fue despertando poco a poco, intensificando los movimientos y la amplitud del vaivén; con su mano derecha (la que tenía esposada a mí) buscó mi polla y comenzó a pajearla suavemente.

Al poco rato, sumida en una profunda excitación, susurró:

Estoy preparada. Folladme como queráis, soy vuestra esclava.

Jaime me miró y me dijo:

Rómpele el culo a mi mujer. Lo ha deseado siempre.

Sin perder un instante, me coloqué tras la nena y busqué su orificio libre. Allí estaba. Mientras recibía con su coño las clavadas de Jaime, me mostró su agujero, retirando sus nalgas con las manos. Sin dudar y con toda la brusquedad que tenía mi excitación contenida, la penetré.

Gimió con fuerza, contuvo la respiración y poco a poco comenzó a mover sus caderas, buscando el ritmo ideal que le permitiese clavarse ambas pollas. No tardamos en encontrar la coordinación y el ritmo, e inmediatamente Lidia alcanzó su orgasmo. No pudo contener sus jadeos, gemidos e incluso gritos:

Ah, sí,…..folladme así, folladme más,…. Soy vuestra puta, me estoy corriendo en vosotros,….. no paréis de follarme, clavadme vuestras pollas,….

Comenzaron a brotar lágrimas de felicidad por su cara. Una vez terminado su orgasmo, continuó esforzándose en darnos placer. Siguió el movimiento, acompañó nuestras embestidas, nos alentó con jadeos y palabras de ánimo,

Cambiamos la posición de la nena y mientras Jaime la penetraba ahora el culo, yo le daba el ritmo follándome su coñito hambriento. Volvió a excitarse y a ponerse a tono. Pedía que le calentásemos bien el coño y el culo y retomó sus jadeos y su respiración entrecortada.

Un rato así, me puso a mí la corrida a flor de piel, así que me preparé a descargar mi segunda dosis de leche en su boca.

Me coloqué frente a ella. No tuve que decirle nada; ya sabía lo que venía ahora y tomo con decisión aquél mástil y lo fue engullendo y lamiendo con vicio y sensualidad.

Jaime seguía enculándola, disfrutando como nadie, pues era la primera ocasión que su mujer le permitía follarla por detrás.

Comencé mi corrida. Lidia la fue tragando mientras iba soltando gemidos de gusto al sentir la mezcla de mi leche en su boca y su culito lleno por la verga de su marido. Éste comenzó a darle azotes en el culo y dejó salir toda su leche:

Toma, para tu culito inquieto. Lo deseaba hace tiempo, toma mi leche – decía Jaime, solapando sus palabras y su corrida a las mías:

Trágatelo todo, cielo, aaaahhhh, síííí, toma mi niña, toma mi leche y trágala.

Lidia volvió a gozar sintiéndose llena por arriba y por abajo. La excitación de sentir nuestras corridas la hizo correrse a ella también. Extasiada, con sus brazos buscándose la entrepierna y los senos, se estremeció espectacularmente, gimiendo y convulsionándose hasta caer rendida en la bañera.

Le quitamos las esposas y tras secarnos un poco, nos tumbamos en la cama a descansar.

Tras dos horas de profundo sueño reparador, me despertaron las suaves caricias de Lidia. Abrí mis ojos y ella sonriendo me susurró:

Mi amor, necesito que me llenes otra vez

Desde luego, eres insaciable – le contesté yo sonriendo. Miré la hora. – Me voy a tener que marchar, nena.

Ven, te daré una buena despedida.

Me tomó de la mano y llevándome a la cocina, se inclinó sobre la mesa, mostrándome su culito. Tomó un botecito de aceite lubricante y se echo un poco en las manos. Con una comenzó a acariciarse su entrepierna y con la otra agarró mi polla, de nuevo inflada ante aquel gratuito espectáculo de morbo y sumisión.

Me estuvo pajeando un rato, para después subirse a la mesa y embadurnarse completamente con aquel aceite.

No pude por menos que enfilar mi verga a su rajita y comenzar a follarla con toda parsimonia y sensualidad.

Echamos un buen polvazo, despacito, con mamada entre medias y una buena ración por detrás. Lidia se deshizo en halagos y palabras de morbo durante todo el acto.

Nos corrimos juntos y tras ello me vestí y me marché.

Días después Lidia me comentó que a Jaime le había encantado la experiencia, y que estaba dispuesta a repetirla cuando quisiéramos.