Estado civil: adultero

Está entre la confesión y la inventiva, pero en esta categoría creo que hay más lectores.

ESTADO CIVL: ADULTERO

Con ávidas pupilas y boca golosa, a cinco centímetros escasos de la punta, Daniela esperaba la inminente lluvia espermática. Fuera de la videopornografía, mi experiencia en eyaculaciones externas se limitaba a los tristes desperdicios postmasturbatorios (siempre pensaba: "ahí van mis hijos" o cosas por el estilo) y los coitus interruptus propios de la insensatez juvenil y también madura, por qué no, sólo que en este último caso, era más por pereza, por no molestarte en calzarte la prenda, que por urgencia. El semen, en tales circunstancias solía terminar su súbito viaje en la región púbica o abdominal, alguna vez también sobre o entre las tetas de mi novia, luego esposa. Recuerdo que una vez, armándome de torpe decisión lujuriosa, quise emular lo que parecía una experiencia sexual muy frecuente y placentera, al menos así lo dejaban ver las imágenes: eyacular por el rostro de la mujer (una corrida facial, vamos). Mi esposa Gloria no es lo que digamos una mojigata aunque, como muchos de nosotros, conserve demasiado arraigados ciertos prejuicios relacionados con el sexo. Las mamadas que me dispensa son satisfactorias, aunque a mí me gustaría que se entretuviera más con la lengua, porque cuando se la apropia, ya no hay quien la detenga en su trabajo labial. Normalmente se arrodilla entre mis piernas abiertas para que yo pueda propinarle un sabroso y prolongado masaje en las tetas colgantes, de tamaño mediano pero tacto sensible, como de polvos de talco.

Termina tragándose todo, a veces con amenaza de arcada, pero siempre con placer (creo), es por eso que el único momento en que puedo disfrutar de su lengua recolectora es cuando ya pasó todo, mientras limpia los restos, pero como son pocos, porque todo está ya a buen recaudo en sus intestinos, pues dura un pis pas . En aquella ocasión, les decía, como por sorpresa, le advertí antes de comenzar que por favor no se lo tragara, que quería echárselo por toda la cara. Confieso que me sentí tímido y como avergonzado, no sabía qué iba a pensar ella ni cómo iba a reaccionar. El caso es que me miró extrañada, con una interrogación desconcertante en su sonrisa: "es una fantasía que tengo", le expliqué tratando de disimular mi desesperada angustia. Creo que estuvo a punto de preguntar por qué, pero al final no dijo nada y se puso a ello. Llegado el ansiado momento, la urgí con precipitados ademanes para que cambiara de posición: "Túmbate, túmbate…" le repetía agarrando y meneando mi polla dispuesta. Entonces invertimos las posturas; ella pasó de su arrodillamiento a echarse boca arriba y yo me incorporé y me coloqué cuadrando mi pene a la distancia propicia de su cara. Diseminé todo con gran placer y desahogo, fijándome más en su reacción que en otra cosa. Esperaba algún gemido o algún gesto, uno de esas guarradas verbales o guturales de las pelis, pero nada. Solo una breve sonrisa inexpresiva, como de: "bueno, ya cumpliste tu fantasía, ¿satisfecho?" y un requerimiento urgente de pañuelos de papel.

Pero con esta tía, con Daniela, tuve la pronta certeza de que la realidad se iba a aproximar bastante más a la fantasía. Primero, porque ella era de carne y hueso, algo más carne que hueso, todo hay que decirlo y no una imagen fría tras el cristal fosforescente de una pantalla y, segundo, por los dilatados pero fructíferos prolegómenos con que nos habíamos formado una idea muy certera de lo que nos gustaba, de lo que llegaríamos a materializar el día que pudiéramos gozarnos. Y aunque jamás se mencionó explícitamente, el baño facial de leche contaba con altísimas probabilidades que se ratificaron aquella misma tarde en la que, contemplando con morbosa atención sus ávidas pupilas y su boca golosa, derramé en brutal serie de eyaculaciones todo mi semen, los últimos restos de mi enfermiza obsesión y hasta el aliento.

Por su parte, Daniela lo recibió con ansiada satisfacción dejando escapar, como globo que se deshincha, un hondo y sostenido gemido. Hubo un súbito cerrar de ojos, seguido de un relajado elevar de párpados y una extraña luminosidad en su rostro, como angelical. Luego, reunió cuidadosamente el diseminado producto lácteo en torno a sus labios, aún entreabiertos, y me invitó en silencio. Para que se hagan una idea mi ridiculez, les confieso que aún tuve que vencer algún escrúpulo antes de consumar un acto tan natural como sencillo, el de probar mi propio semen. Debí de pensar alguna incongruencia del tipo: "bueno, si uno es capaz de soportar, incluso disfrutar el olor de sus propios pedos…". Sea lo que fuere, no recuerdo más que nuestras bocas unidas en un delicioso beso blanco, dulce y salado, el convencional prendido de cigarrillos y una agridulce mezcla de satisfacción y arrepentimiento, propia de los infieles por decisión, no por vocación. Tal vez me anime a contar la crónica de este episodio llamado técnicamente experiencia extraconyugal, moralmente infidelidad y vulgarmente cuernos, pero no aquí, ni ahora. Probablemente se aburrirían porque tendría que remontarme a la prehistoria de mi matrimonio y todos los avatares que desembocaron en la época previa a estos hechos, cuando Gloria, cansada de mi desatención, urdió su mejor venganza entre los brazos y sobre la polla de aquel tipo durante varios meses, para mayor humillación de mi persona y desequilibrio de mi familia. Pero sé que lo que aquí más interesa es el estilo directo, la descripción detallada, los pormenores bien documentados y desmenuzados y revestidos de expresiones y vocablos provocativos, insinuantes… aunque eso no va mucho conmigo, como habrá advertido quien haya sobrevivido al relato hasta aquí. Precisamente una de esas fue la que me sacó de mi ensimismamiento, eso, y la dolorosa amenaza de la ceniza a punto de caer sobre mi vientre:

me gusta tu polla, cielo –sentenció por fin Daniela, colocando el cenicero en la línea de caída de la ceniza- me gusta tu polla y me encanta tu leche…mmmm!!!

Sonreí mecánicamente, como despertando de un sueño, pero no respondí. Con estúpida fijeza, me quedé contemplando el descolorido techo del apartamento, la deprimente lámpara años sesenta de brazos retorcidos y tulipas negruzcas. Luego besé sus labios todo lo dulcemente que pude, cosa que no me costó, porque a esas alturas ya habíamos creado un ambiente de confianza y cauto cariño suficientemente satisfactorio a base de chat, correos electrónicos, telefonazos y breves citas furtivas, las que las obligaciones sociales permitían. Y eso que en la primera de ellas, tras un corto paseo donde resumimos superficialmente nuestro pasado y presente, nuestras frustraciones conyugales y sexuales, fobias, miedos y deseos, ya nos estábamos comiendo los morros. En el banco de aquel parque infantil, frente a frente, probé la inusitada ansiedad de su lengua, penetrando descaradamente en mi boca, retorciéndose junto a la mía, retirándose súbitamente para buscar mi cuello; palpé cómodamente sus pechos grandes y mullidos, primero bajo la textura de encaje del sostén y luego, con hábil mano, disfruté del calor que emanaban en aquella tarde fría esas mamas que luego me habría de comer con tanto deleite. No fue exactamente romper el hielo; precisamente el intenso frío nos obligó a refugiarnos en una cafetería, donde entramos en calor a base de café, confesiones íntimas y morbosas y magreos varios. Pero no pasó nada más, al menos aquella tarde.

No pensaba en nada. Mientras consumía mi cigarro, repetía mentalmente las palabras de Daniela: "me gusta tu polla, me gusta tu polla…" Me dije a mí mismo que no era para tanto, que probablemente fuera una frase recurrente, acostumbrada para todos sus amantes. Pero no podía dejar de sentir ese vanidoso cosquilleo del hombre típicamente inseguro. Al fin y al cabo, sonaba muy convincente y no era la primera ni la única vez que me regalaba los oídos con atrevidos comentarios. Con Gloria, verbalmente recatada, no había pasado de las típicas y cursis alusiones a los genitales y su rendimiento: mi polla era susanita, su coño miguelito; le gustaba hacer el amor o echar un polvete, a mí me encantaba que me hiciera una comidita…cosas así. Por eso, cuando Daniela, mirándome desde detrás de mi pene erecto me insinuó con maliciosa perversidad, no supe qué responder:

  • ¿quieres follarme la boquita? – preguntó afirmando - ¿sí, eh?, ¿me la quieres follar? … Y sin esperar respuesta, se aplicó decididamente sobre mis catorce congestionados centímetros. Chupó paciente y metódicamente: "mmm… qué cosita tan rica"; lamía con largas y precisas acometidas: "mírame, quiero que mires cómo te mamo…" y en desenvuelto frenesí, pleno de confianza, empeño y saber hacer, sorbió, besó, exploró y hasta mordisqueó:

¿te hago daño? – preguntó irónicamente, visiblemente satisfecha de su trabajo y mi gesticular aprobación -.

Sentí un loco deseo de regañarla: "deja de decir jilipolleces y sigue mamando, coño", pero entre mi nula espontaneidad y que ella se había obstinado en hacer lo que le diera la gana, en cuestión de segundos, sin darme ni cuenta, había gateado ágilmente sorteando la erección a lo largo de mi cuerpo tendido, hasta cuadrar sus muslos abiertos en paralelo a mi cabeza, ofreciéndome la amenazadora a la vez que absorbente visión de su coño brillante, rosado y jugoso como higo recién partido. Sin embargo, el súbito abandono que su boca había hecho de mi región genital, me produjo una extraña sensación de desamparo. Sentía frío ahí. Probablemente también por alguna ligera corriente de aire, que se colaba bajo la puerta. Aunque el apartamento resultaba bastante acogedor (al menos estaba limpio y no muy frío) la sensación de furtividad y extrañeza me desasosegó un poco.

Elegimos ese sitio, de los muchos que hay en Madrid, por puro azar y por economía, claro, total, para un par de horas. Quedamos un viernes por la tarde en que esgrimiendo no sé qué estúpida excusa, logré burlar la vigilancia de mi mujer. Es extraño, pero mientras recorríamos juntos el trecho que separa la boca de metro del edificio, no pude dejar de reprocharme mil veces no ya lo que estaba haciendo, sino lo que iba a hacer, con esa desalentadora sensación de saber que nada lo va a evitar ya. No era la primera vez. No iba a ser la última. La gente suele contar las veces que ha sido infiel. Yo creo que se es una sola vez, pero con distintas personas y/o de modos diferentes. Por eso a mí me resulta tan difícil relatar cada episodio así, a la ligera, porque a mi pesar o para mi disfrute, los vivo con plena integridad. Y en este caso, al llegar al portal, se desvanecieron estos remordimientos. Más que nada, por la inercia de la situación. Había un frenético trajín de personas entrando y saliendo. Uno no sabía bien cuáles eran vecinos y cuales concubinos. Los del negocio de alquiler debían de tener, por lo menos una planta entera. Subimos con un señor trajeado muy amable y gordote que iba acompañado de una joven menudita de cándida melena larga, también sonriente. Pensé que era un cerdo cabrón baboso y que se la iba a tirar porque la había engañado, prometiéndole que dejaría a su mujer y esas chorradas… neuras que me dan. Buscamos la puerta que nos habían indicado.

Estaba abierta y lo que pude ver fugazmente terminó de deprimirme. En un minúsculo recibidor, dos pequeños jugaban distraídamente con unos cochecitos, lanzándoselos a ras de suelo alternativamente. Estaban sentados a los pies de una mesa camilla con faldas deshilachadas, hule de plástico arrugado y restos de comida sobre ella. Una silla descolorida y vieja, un calefactor de anaranjadas resistencias y mil objetos irreconocibles desperdigados por ahí, terminaban de pintar aquel grotesco escenario. Por fin salió la encargada, una señora como de cien años o más, cubana, dominicana, brasileña… algo de eso, que después de cobrarnos, nos acompañó hasta el apartamento sin parar de convencernos de lo bien que íbamos a estar allí. Nos recordó las "normas de uso" mientras abría la puerta, y se largó. Yo estaba como loco por empezar, sobre todo para que se me fuera de la cabeza todo aquello, así que, tras echar un rápido y general vistazo al sitio y constatar mi aprobación, me senté en la cama. Pero Daniela, mucho más observadora y paciente que yo, se puso a curiosear por toda la habitación. No paraba de reírse, de hacer comentarios acerca de la decoración, cutre como en mi vida había visto, los muebles, la lámpara… Yo sonreía complaciente, a mi vez, aunque no le hacía mucho caso, pensando más en aprovechar el tiempo. Pero al final empecé a relajarme. La veía francamente divertida, curioseando aquí y allá sin parar de reír. Lo cierto es que era para reírse, por no llorar, sobre todo cuando abrió la puerta del armario empotrado y aparecieron las artesas con el yeso seco, las espátulas, los botes de pintura abiertos, las brochas sucias, el esparto, la gorra rígida llena de manchones, un mono que en su día fue azul… sólo faltaba el albañil. Luego, cuando se cansó de eso, vino hacia la cama. Pero en lugar de abalanzarse sobre mí, guiñando un poco los ojos, se quedó mirando algo en la pared:

¿y eso qué es?

Volví la cara para comprobar a qué se refería. En su día, a ambos lados del cabecero de la cama, debió de haber unos apliques. Para disimular el agujero que al quitarlos había quedado, no se les ocurrió otra cosa que colocar sendas pegatinas tamaño foto. La de la derecha era una foto nada menos que de Beckham. El muy hijo de puta, ataviado con la camiseta del Madrid y los brazos atrás para que se viera bien la publicidad, sonreía con fingida simpatía, como diciendo: "je, je, je… anda, cabroncete, que te estás tirando a otra…" Y en el otro extremo del cabecero, con insulsa expresión de adolescente picado de acné, el niño Fernando Torres. Lo cierto es que dentro de lo cutre y deprimente del conjunto, la cosa tenía su gracia. Al menos nos sirvió para relajar un poco los irracionales e inevitables nervios del momento, antes de empezar con los besos, las caricias, el mutuo desnudo de cuerpos… los preliminares, vaya. Solo que en aquel preciso instante, con la cercana y sobrecogedora visión del coño de Daniela en ciernes, como nube de tormenta para descargar, sentí el escalofrío de la soledad. Tal vez por eso, o quizá porque pensé que el momento de ella requería una actitud más cómoda por mi parte, me limité a catar brevemente su sabor, a ordenar un poco los pliegues de sus labios colgantes, a diseñar transitoriamente el carril vulvoso por donde discurriría mi lengua camino de su crecido clítoris. Luego, sin previo aviso, me incorporé y avancé desequilibradamente sobre el colchón, arrodillado como penitente, pero con el cirio en horizontal. Daniela, que se había percatado ya de mis intenciones, sin mover siquiera la cabeza me dijo:

métemela por donde quieras; en el bolso tengo crema lubricante.

Por un instante, pensé en penetrarle el culo, pero me venció el deseo de sentir su calor vaginal y la pereza de tener que untar. Así que empecé a follarla al tradicional estilo perrito. Recuerdo la agradable sensación que me produjo deslizar mi polla por sus lubricados y acogedores conductos. Era un coño nuevo, diferente, más estrecho y adaptable que el de mi esposa. Mi miembro encajaba mejor y ella ayudaba sabiamente con contracciones vaginales que me mataban de gusto. Se me empezó a olvidar todo: el frío, los problemas familiares, los complejos, mi estado civil…. Solo la penetraba rítmicamente, apresando su cintura, deslizando mis manos sobre sus nalgas, su espalda erizada, sus muslos vestidos aún con medias negras. Notaba el excitante y enloquecido movimiento pendular de sus tetas y mis testículos, y ella también, porque no dejaba de gemir:

tus huevos, mmmm…, cómo me gustan tus huevos chocando contra mi culo, me excita, me excita, uhhh!!!, qué placer

Placer in crescendo , ya se imaginan. Me hubiera corrido en seguida, de no ser porque en una de esas miradas inconscientes que uno echa en esta postura, me topé de nuevo con el gilipollas de Beckham y su estúpìda sonrisa. Sé que es una tontería, pero temí que me cortara el rollo. Fue entonces cuando decidí que prefería mirarle la cara Daniela antes que a ese tipo. Saqué inmediatamente el pene y, mientras terminaba manualmente la faena, le pedí que se diera la vuelta, que iba a darle mi leche. Lo demás ya lo conocen: eyaculación, beso y cigarro.

Como había terminado el suyo antes que yo, se levantó al baño. La ví alejarse de puntillas para evitar el suelo frío. Su cuerpo semidesnudo, su blanca piel contrastada con la lencería negra, con el sostén de encaje a medio quitar y las medias embutiendo sus muslos como de carne de pollo hervida, desapareció tras la puerta blanca. Una vez más, quedé solo; solo en el más pleno sentido de la palabra. Pero ahora no quiero aburrirles con mis comeduras de coco, porque además, no tengo ganas. Llevó unos cuantos días escribiendo esta caricatura de relato, a escondidas, en los pocos ratos libres de que gozo y eso cansa, no crean. Les diré, que a la vuelta del baño, fui yo quien tomó la iniciativa, presa de un emotivo impulso por hacer gozar a mi pareja. Aquí, debería aparecer algún cometario del tipo: "…pero eso es materia de otro relato…" o bien: "...pero eso queda para una segunda parte…", sin embargo, como no se lo puedo garantizar, pues no lo digo.

Dos puntualizaciones antes de concluir. Primero: todos los nombres que se mencionan en este relato son absolutamente ciertos. Segundo: los hechos que en él se narran son perfectamente inventados. Nunca cuento cosas reales. Para eso están los historiadores y los periodistas. Creo que el campo de los narradores aficionados es la fantasía. De hecho, ahora mismo me rondan la cabeza un par de ellas: la del escritor aficionado que publica un relato en internet y desde ese momento no deja de recibir propuestas de experiencias reales para luego contarlas. Y la del escritor aficionado que publica un relato en internet que, casualmente, lee un editor, director de cine o algo por el estilo y le gusta tanto que le propone escribir un libro. Creo que trabajaré sobre estas ideas.