Diario de un pornográfo habitual (2)

¿Y después de la ilusión? Nada...

Martes 23:

No es duen día. Ha sonado el despertador, pero inmediatamente me he dado cuenta de que hoy no es mi día. Esoty resfriado. Puede que hasta tenga algunas décimas de fiebre. He decidido quedarme en casa. Fuera llueve y el día es duro y gris. El fin de semana ya queda lejos, pero aún arrastro los últimos restos de euforia.

Me paso el día arrellanado en el sofá, viendo la tele entre aspirina y aspirina. No sé si dar las gracias por la suerte que tuve el domingo o maldecirme: lo peor es la soledad que te atenaza después de haber sentido el calor de otro cuerpo junto al tuyo. Me trago un intrascendente partido de fútbol. En las otras cadenas la cosa ya dá pánico. Al acabar el partido voy a buscar la caja con las cintas de vídeo que cogí "prestadas" de su casa. Inserto en el aparato la primera que cae en mis manos.

Mi corazón empieza a latir con fuerza.

"Venga Catia, sonríe, sonríe a la cámara".

La imagen, demasiado movida, marea un poco, pero la vuelvo a tenir ahí. Es poco consuelo. Pero yo no busco consuelo. Sólo algo con que alimentar mi curiosidad.

De nuevo la tengo ante mí, desnuda, tal como vino al mundo. Aparentemente inmaculada, ajena a los ojos de los otros, a sus pensamientos. Como si nunca hubiera pasado nada.

-"Saluda, saluda a nuestros amigos".-Prosigue la voz.

El zoom acerca su cara.

-"¡Hola!".- Saluda ella a la cámara com si fuese un cumpleaños.

Luego un plano general permite ver a quatro tipos que la rodean. Dos de ellos son de raza negra: uno alto y delgado, el otro más bajo pero más corpulento. Los otros dos tipos són más jovénes, de mirada asustadiza. Parecen un poco más nerviosos y prefieren tener menos protagonismo.

El hombre negro más alto y delgado se acerca a ella y la besa. Le acaricia los pechos, el otro le toca el pubis a la chica, mientras ella empieza a acariciar la incipiente erección de sus dos miembros a la vez.

-¡Maldita sea! ¡Puta! ¡Puta!.- Estallo gritando en la soledad de mi piso. Me levanto furioso, con el corazón envenenado por los celos.

Apago el vídeo. Doy vueltas y más vueltas a la salita. Alterados pensamientos fluyen en mi cerebro como un torrente de aguas furiosas y turbias.

Soy un ingenuo. Des del primer momento en que ví auqella gravación tenía que habérmelo imaginado.

Mi primer impulso es quemar todas la cintas, destruir toda ésa basura, olvidarme de su existencia.

Mi cobardía me obliga a dejarlo para más tarde.

Me meto en la cama cabreado. Escucho la radio. Leo un poco. Mañana será otro día.


Madrugada del Miércoles 24:

Y una mierda. Hoy no será otro día. Será otra mierda de día. Mi curiosidad morbosa me ha llevado a la penosa situación en que ahora me encuentro: hipnotizado ante la luz azulada de la pantalla de la tele, viendo como ella va prodigando felaciones a diestro y siniestro a cuatro tipejos dispuestos a ensartarla por dónde haga falta. Los oscuros miembros casi no le caben en la boca pese a sus esfuerzos por tragárselos enteros, mientras en cada mano sostiene otro miembro rosado, masturbándolo poco a poco.

Es la peli pornomás cutre que me he hechado a la cara. Pero la calidad artística me importa más bien poco. Sólo me interesa el sujeto, la sujeto, la sujeto activa que me quita el sueño y la razón. No puedo reprimir un bostezo. Las quatro de la madrugada són las quatro de la madrugada a pesar de la erección brutal que abulta bajo mi pijama.

Entre tres de los tipos la levantan del suelo. Dos de ellos la sostienen por las piernas, manteniéndolas separadas, el otro la coge por las axilas. La dipositan sobre el miembro del hombre de color más corpulento, que se encuentra estirado en el suelo.

Ella mira al objetivo con una mirada de autosuficiencia que yo no conocía.

-"¿Qué? ¿Te gusta".- Le pregunta el improvisado cámara.

-"Me encanta".- Finge ella.

Uno a uno van intercambiando sus posiciones y la toman a turnos por la boca o la vagina. Las posturas no parecen muy estudiadas que digamos, aunque tampoco aburren con la típica coreografia que suelen gastar las películas profesionales.

Sin darme cuenta he olvidado quién es ella y sencillamente ha pasado a ser un objeto anónimo de mi deseo. "Un cuerpo más" al que adorar.

Aún me pregunto por qué narices lo hace. No creo que sea por necesidad. Si sólo se trata de una gravación doméstica para divertirse con su marido, con menudo elemento he topado. Por que supongo que el atontado con ínfulas de director es su marido.

-"¿Qué dices, eh? ¿Te atreves?".- La voz del cámara me devuelve a la realidad.

Sin quererlo me he distraído. Ella asiente con una sonrisa enigmática. ¿Qué narices me he perdido? No voy a rebobinar.

La cosa se pone interesante: la chica está de espaldas a la cámara, levantando la grupa y separándose las nalgas. Uno de los tipos rocía su entrada posterior con alguna especie de lubricante transparente y empieza a lubricar la estrecha abertura. La cámara la sigue hasta donde está uno de los hombres negros, el de piel más clara y más delgado. También está estirado en el suelo. Ella empieza a sentarse encima de él, intentando acomodar lo mejor posible (si es que es posible) su pequeño agujero al diámetro del miembro. Primero se lo clava un poco.

En su cara se dibujo un pequeño mohín de dolor.

Pero sigue.

En un momento determinado, para su acción.

"-¿Qué pasa?".- Pregunta estúpidamente el cámara.

"-Pues que duele".- Responde ella mientras se desclaba del miembro.

El zoom se acerca a su culo. El recto permanece unos segundos demasiado abierto antes de que ella misma se vuelva a clavar. Al final el miembro queda totalmente hundido en su ano.

Empieza a masturbarse con aquella cosa clavada en ella. Los otros también le imitan.

"-Bién. ¿Quién será el primero?".- Pregunta ella no sin cierto menosprecio.

La imagen que ofrece la cámara también empieza a tambalearse sospechosamente. Los tres tipos restantes y la cámara se acercan aún más a ella, cerrando un círculo a su alrededor. Una colección de miembros masculinos se acerca a su cara, mientras sus ojos se clavan en la cámara y toma uno entre sus labios...


Miércoles 24:

Hoy he llegado tarde y hecho polvo al trabajo. He aguantado toda la mañana a base de dosis masivas de café. La peor de las películas porno que nunca he visto no paraba de marear mis turbios desvaríos. Y encima aguantar a la típica alumna cretina que viene a hacerte consultas después de clase. Aunque esta vez casi colma mi paciencia. No estoy para bromas, ni coqueteos de ningún tipo. Llevo toda la mañana muriéndome de impaciencia. Sé que no tengo que hacerlo.

No puedo evitarlo.

Creo que voy a llamarla, cuando esta alumna pesada me deje en paz. Si quiere una buena calificación, que estudie como todos. Ya conozco a esa clase de alumnos. Le recomiendo un par de libros, y aire fresco.


Jueves 25:

No puedo aguantar más. Al final lo hago: cojo el móvil y la llamo

Tarda en responder. Pero al final coge el teléfono.

-¿Diga?.- Su voz suena un poco apagada, puede que irritada.

-Soy yo.

-Ya te dije que no llamaras en horas de trabajo. ¿Estás loco? Aquí hay demasiada gente que conoce a mi marido.

-Bueno. Tampoco hace falta que te alteres.

-Disculpa. Pero es demasiado arriesgado. ¿Qué quieres?.- Me dice un poco más calmada.

-¿Estás muy ocupada?.- La paciencia no es una de mis principales virtudes.

Noto como sonríe por un pequeño bufido que hace crujir el auricular.

-No tanto como para no divertirme.- Me dice en tono confidencial.

-¿Que tal después del trabajo? ¿A qué hora sales?.-

-No hay problema, pero no me esperes a la salida.-


Naturalmente he desobedecido su sugerencia y le espero dentro de mi coche. Salen unos cuantos tipos vestidos con traje y corbata, a veces algun que otro grupo mixto, con mujeres vestidas de color oscuro. Pasan quince minutos más y hasta ahora nada de nada. Ya tarda. Suspiro harto de esperar. Al final sale otro grupo reducido. Tres hombres, una mujer y ella. Todos hablan. Alguien hace un comentario. Ella sonríe discretamente, como una buena chica.

Cuando se separan, doy el contacto y la sigo unos metros por una callejuela estrecha. Me acerco lo suficiente y le hago señas. Duda un poco, pero no tarda en reconocerme. Abro la portezuela y con ella entra un frío que altera el tranquilo ambiente del habitáculo.

-Ya veo que me has hecho mucho caso.- Me riñe.

-Perdona, sentia curiosidad.

-Eres demasiado temerario. Soy yo la que se la juega.- Prosigue.

-Lo siento.- Ya empiezo a hartarme. Como siga así creo que me voy a arrepentirme de haberla llamado.

¿Se habrá dado cuenta de mi irritación? Enseguida para de meterme bronca.

-No quiero ponerme pesada. Solo quería que comprendieras...- Sus labios se acercan a los míos.

Su mejilla está un poco fría, pero su beso me quema por dentro. Nos besamos con fuerza una y otra vez, como si el mundo fuera a acabarse dentro de tres segundos. No se parece ni remotamente a la misma que he visto en las gravaciones. MI mano se desliza por debajo de la falda, acariciando el muslo embutido en licra, mientras aspiro ese discreto perfume que emana de ella.

-Creo que me estoy poniendo enfermo.- Le digo cuando acabamos.

Sonríe divertida mientras toquetea mi entrepierna y comprueba su dureza.

-Vámonos. Alguien puede vernos. Aún no han salido todos mis compañeros de trabajo.

-¿Adónde?.-

-Ya te guiaré.- Me dice misteriosamente.-


El sitio, sin estar mal, tampoco es nada del otro mundo.

-Es mi piso de soltera.- Me explica mientras abre la puerta.

El edificio es muy vulgar y el ascensor un poco cutre, pero tampoco es que un servidor sea muy exigente en estos momentos.

Me conduce por el oscuro y desnudo pasadizo, cogiéndome de la mano, con una vaga sonrisa de promesa en los labios.

La pequeña salita de estar se ilumina repentinamente: hay poco mobiliario, las paredes estan casi desnudas. El lugar tiene la pulcritud de los sitios vacíos.

-Siéntate. Ponte cómodo.- Me invita ella.

Hago el ademán de sentarme en el pequeño sillón de terciopelo beige, pero ella frustra mis intenciones.

-Ahí, no. En la silla.- Me indica una vulgar silla de respaldo recto.

Me sorprende un poco su falta de cortesía, pero como también imagino que trama algo, accedo sin rechistar.

Inserta un cd en la minicadena que reposa directamente en el suelo. No puedo evitar un gesto de extrañeza. Empieza a sonar una música lenta, sensual, pero con ritmo.

-Voy a dejarte clavado en la silla.- Me advierte con una mirada un poco perversa.

"Joder".- Pienso.

-¿Quieres tomar algo? Lo necesitarás.- Me sugiere.

-Vale.- Asiento.

Noto como los latidos de mi corazón atronan dentro de la caja torácica. Vuelve con dos vasos largos.

Su cuerpo inicia un contoneo suave, siguiendo el ritmo de la música. Diposita su vaso ya vacío en el suelo.

No tarda en desprenderse de la chaqueta corta que llevaba bajo el abrigo. El ritmo de la música va creciendo en intensidad. Su cuerpo se adapta rápìdamente. Empieza a desabrocharse la blusa. Noto una ligera tensión en la entrepierna. La blusa cae encima de la chaqueta. La piel satinada de sus hombros y del contorno de sus pechos contrasta deliciosamente con el satén blanco del sujetador.

Al cabo de no mucho le llega el turno a la falda. Tengo una sequedad en la garganta que me obliga a apurar el vaso.

Coquetea un poco conmigo, no se acaba de decidir entre quitarse el sujetador o no. Finalmente, se acerca a mi y me pide que se lo desabroche. Parece que la bragueta de mis pantalones esté a punto de explotar y que tenga que salir un miembro curvado y rígido como la cría de un aliens. Intento tocar su muslo, pero aparta mi mano con cierta brusquedad.

-Aún no. Sólo cuando yo lo diga.- Sus palabras son amables pero tajantes.

No le digo que no. Me gustan los juegos nuevos, aunque no sé con certeza adónde me conducirá éste.

Continúa contoneándose un poco, tapándose los pechos con las manos y sin apartar su mirada de mi. Retira los brazos, empieza a juguetear con la goma de sus braguitas-tanga. Cada vez que la punta de sus dedos roza el tanga, estoy más cerca del infarto. Mete las manos debajo del tanga y empieza a tocarse, pero sin quitarse la minúscula pieza.

-¿Te gusta?.- Me pregunta con mirada maliciosa.

-No está mal.- Digo con aparente frialdad.

-Pedante.

Se acerca. Me dá la espalda. Levanta un poco la grupa.

-¿Me ayudas?.- Me pide.

-Con mucho gusto.

-No. Con las manos, no. Con la boca.- Sus instrucciones son demasiado precisas, ya lo tenía planificado. Pero no deja de sorprenderme.

Me acerco a ese hermoso culo redondo y duro. Con los dientes empiezo a tirar de la ropa hacia abajo. Al principio se resiste un poco debido a la misma redondez de esa parte de su anatomía. Pero lo consigo al segundo intento. El resto lo hace ella misma: desliza el tanga hasta el final de sus interminables piernas.

Vuelve a acercar su grupa. Adivino sus intenciones. Separa las piernas. Tal como sospechaba, está más que húmeda: casi chorreante.

-Eres mi niño malo preferido.- Declara complacida, mientras introduce un dedo en su vagina.

"Y lo que llegará".- Pienso.

Gira sobre sí misma. Me ofrece su parte delantera, para mayor comodidad de los dos. Suelta un pequeño gemido cuando tiro suevemente del piercing con los dientes. Mi lengua empieza a recorrer su hirviente hendidura. Estamos así bastante rato. Hasta que se separa de mi.

Se aleja de mí y se quita los zapatos y las medias. Descalza, totalmente desnuda, empieza a masturbarse intensamente. Se agacha, hasta que su coño rezumante se sitúa a pocos centímetros del vaso. Primero introduce un dedo en su vulva, luego dos. Cierra los ojos, como si se concentrase en realizar un gran esfuerzo mental. De su sexo emanan unas gotas de un líquido claro que caen en el vaso varias veces, como si tuviese una especie de eyaculación.

Estoy que me salgo. Me levanto de la silla con la lanza en ristre, a punto de dar mi estocada. Pero, una vez más, se adelanta a mis pensamientos, adivina mis intenciones. Abre los ojos y, con su mirada decidida, me obliga a estar quieto en la silla. Se acaricia los pechos, pellizcándose los pezones endurecidos.

Se acerca contoneando las caderas, consciente de su poder de fascinación, pero administrándolo saviamente. Se sienta de lado en mis rodillas.

-Te voy a follar vivo.- Me amenaza antes de darme un beso áspero y peligroso.

Me desabrocha la camisa y besa mi pecho peludo.

-Tranquilo...- Me susurra suavemente.

Cuando me tiene desnudo y sentado en la silla, se pone encima mío. Coge mi miembro por la base, lo encamina hacia la entrada de su vagina y se sienta encima mío, clavándose el miembro con cierta lentitud irritante. Me lame los labios, nuestras lenguas jueguetean. Naufrago en ella.

Me tiene atrapado. Estoy inmobilizado debajo suyo. Sólo acierto a mordisquear uno de sus apetecibles pechos, mientras ella se mueve encima mío como una diosa. Estoy al borde del abismo dos o tres veces. No sé cómo aguanto. Mi mente empieza a divagar.

Se clava y se libra de mí alternativamente. Sin brutalidad, la esencia misma de la sensualidad hecha mujer.

La calefacción está demasiado alta, pronto empezaremos a sudar.

-¿Nunca te han follado así?.- Me pregunta mirándome al fondo de los ojos, apoyando sus brazos en el respaldo de la silla.

Mis manos recorren la piel ardiente de sus caderas y su trasero. El sudor hace que todo su cuerpo resplandezca bajo la luz amarillenta y discreta de la única lámpara de la sala.

Los músculos de mis piernas empiezan a agarrotarse.

-¿Estás a punto?.- Me pregunta entre jadeos.

-Sí.-

-No, aún no. Aguanta un poco más...- Me suplica.

-No podré.-

Anuda sus dedos entorno a la base del pene, para evitar la eyaculación.

-Por favor...- Insiste.

No digo nada. Esta vez he estado cerca, no sé si podré aguantar otro asalto. Se empala en mí con más furia, aplastando sus pechos contra mí. Los músculos de su vagina se cierran brutalmente alrededor de mi miembro, provocando un efecto devastador. Entre convulsiones, en un estado casi de delirio, nos desmoronamos.

Siento su humedad, sus últimas convulsiones, y dejo que su cuerpo se restregue contra mí deliciosamente. Acaba rendida, con la cabeza recostada contra mi pecho. Estoy fundido y ahora noto como el duro respaldo de madera de la silla se ha clavado en la carne de mis hombros. No tarda en buscar mis labios.

Creo que ésta es la auténtica Katia: una diosa tan humana y esclava de sus pasiones como cualquier otra divinidad del Olimpo, y no la mujer hastiada que ví en las películas.


A nuestros pies las luces multicolores e inquietas de la ciudad se agitan rompiendo la monotonía de la oscuridad. Los coches vagan por la avenida zumbando como grandes y lejanos insectos. Desde una octava planta las cosas se ven diferentes. El piso es pequeño, pero en compensación tiene una buena terraza.

-Tengo que decirte algo.- Por el tono lúgubre de su voz deduzco que no es nada bueno.

Se tapa un poco más un hombro con la manta para protegerse del aire de la noche y, con un movimiento rápìdo y suave, retira un mechón de pelo de su frente.

-Dispara.- Estoy preparado. Siempre he sido un perdedor. Ya me extrañaba que todo fuese tan perfecto. La vida no es así. Maldigo mi suerte.

-Veo que eres buena persona. No quiero engañarte, ni alimentar falsas ilusiones: ésta es la última vez que nos vemos.- Suelta de una sola vez, sin atreverse a mirarme.

El golpe, no por esperado deja de ser menos duro: directo al estómago.

-Ya veo: ¿tienes miedo de tu marido o sólo soy uno más?.- Intento disimular el resquemor del resentimiento, pero mi tono de voz no deja de ser seco.

-No he querido herirte, ni jugar con tus sentimientos. Nunca he dicho que buscara algo mñs que sexo... Créeme, es la verdad, lo siento...- Intenta excusarse.

Mi silencio desencantado es más que elocuente.

-Ya.

-No puedo estar atada a una sola persona, me asfixiaría... Es mi estilo de vida y no quiero cambiar. Lamento decírtelo,... pero tus sentimientos son una auténtica amenaza para mi vida.- Prosigue.

-Tu sabrás....-

Me siento imbécil, ingenuo....

-Es que ahora estoy con otra persona...- Me dice sin dejar de sorprenderme.

-¿Otro?.- La pregunta surge de mis labios como una arma arrojadiza.

-Otra persona...

-¿Una mujer?.-

No me contesta.

Esto sí que no me lo esperaba. Aunque a estas alturas ya nada debería sorprenderme.

Le doy la espalda y me alejo en busca de mis pantalones. La puta manta que me cubre deja pasar demasiado el aire. Mientras me visto, oigo sus pasos detrás de mí. Me rodea la cintura con los brazos.

-Por favor, no lo hagas más díficil... No quiero que esto acabe así...- Su voz suena sincera.

No digo nada. Ya no hay nada que decir. Me pide un imposible. Me siento como un juguete roto, pero no le voy a dar la satisfacción de verme vencido y suplicando.

-Adiós. Que tengas suerte...- Me despido.

Veo como mi nombre surge de sus labios varias veces, pero mis oídos se niegan a escuchar...

Abandono la calidez del piso con pesar. La hecharé de menos. En mis pensamientos arde el peor de los infiernos. Cierro la puerta detrás de mí. Soy un iluso. Habiendo visto lo que habia visto, tendría que haber imaginado que la ilusión se desvanecería en cuanto intentara atravesar la puertas del simple sexo.

Me pierdo en la fría oscuridad de una avenida mal iluminada.

Miro como un BMW matrícula de Andorra recoge un par de prostitutas cerca del parque.

De todas maneras no ha estado nada mal. Y además gratis. Mi pequeño Mister Hyde se parte de risa ante tamaña estupidez. Aunque sé que en elm fondo no he salido incólume del todo. No es ninguna tragedia. Es la misma vida.