Cuando suena el timbre

Algunos autores de TR nos hemos animado a escribir relatos sobre crímenes. "Cuando suena el timbre" de SNEBIQAUS. Historia de un juicio para reflexionar sobre un tema de actualidad como la violencia entre estudiantes.

-¿Cuál es su nombre?- Dijo el fiscal, paseándose por delante del banco del acusado.

  • ¡Oh! ¡Por Dios! ¿Es necesario todo esto? ¡Ya lo saben! ¡Saben que fui yo! ¡Saben cómo lo hice! ¿Para qué esto? ¡Ya he confesado, por Dios!

  • ¡Señor Gutiérrez! ¡Conteste a la pregunta que le han hecho o me veré obligado a acusarlo de desacato también!- tronó el juez ante los gritos del acusado.

  • Está bien. Mi nombre es Federico Gutiérrez Molina.

  • ¿Es usted el bedel del colegio donde sucedieron los hechos?

  • ¡Por Dios! ¿Pero qué…?

  • ¡Señor Gutiérrez!- repitió el juez.- ¡Limítese a contestar las preguntas!

  • Sí. Soy el Bedel del instituto San Roque.- Respondió Federico con un suspiro.

  • Muy bien, señor Gutiérrez. ¿Podría decirme que es lo que pasó exactamente el nueve de noviembre del año pasado?

  • Bien

Cap I. Confesiones

  • El timbre sonó, como todas las mañanas, y los niños entraron en las clases a la carrera, como siempre. Yo me quedé ayudando a una niña que estaba en el suelo, llorando

  • ¿Era esa niña Julieta Llorente?- dijo el fiscal, mirando a la niña, que lo veía todo, entre sus padres, los ojos llorosos, desde los asientos de la sala.

  • Sí, lo era.

  • Está bien. Continúe.

  • La ayudé a levantarse, y la llevé a la enfermería, porque tenía una pequeña herida en la pierna a causa de la caída.

  • ¿Entonces dice usted que Julieta se cayó?

  • No, no se cayó. La empujaron, llevaba viendo como esos muchachos le pegaban y la acosaban día tras día.

  • ¿Con esos muchachos se refiere a Jesús Quiñón, Marcelo Heredia, y José Juan López-Alcántara?

  • Sí, a esos tres.

  • Continúe.

  • Yo la llevaba a la enfermería, como he dicho, intentando secarle las lágrimas, y preguntándole por lo que había sucedido.

  • ¿Por qué, señor Gutiérrez, se lo preguntaba si ya sabía exactamente lo que había sucedido?

  • ¡Protesto, señoría! ¡No tiene nada que ver con los hechos!- Por fin, se alzó la abogada de Federico.

  • ¡Señoría! ¡Simplemente estoy tratando de demostrar que a este hombre no le importa mentir en un juicio, por lo que su testimonio no tiene valor ninguno!

  • Protesta rechazada. Continúe, fiscal.

Nuria alzó los brazos y se dejó caer en su sillón. El juicio era difícil, muy difícil, pero eso ya lo sabía cuando lo cogió. Era imposible salvarle de la cárcel, más aún cuando ya había confesado, pero estaba segura de que podría conseguir una rebaja de la condena.

  • Señor Gutiérrez, podría responder a la pregunta.

  • Sí, ya lo sabía. ¿Y qué? ¿Acaso es delito querer que una niña te cuente la versión de los hechos?

  • Guárdese en la memoria eso que acaba de decir.

  • ¿Qué es lo que dice?

  • Señor Gutiérrez, ¿Qué pasó luego?

Federico Gutiérrez estaba confundido ¿Qué habría querido decir con eso? No pensar. Era mejor no pensar en ello, le volvería loco antes de encerrarlo, eso era lo que quería, volverle loco

  • La llevé de nuevo a su clase, y no la volví a ver hasta la tarde.

  • ¿Le dio las gracias?

  • ¿Qué?

  • Que si Julieta le dio las gracias por llevarla a la enfermería y a clase.

  • ¡Protesto!- graznó la abogada defensora.

  • Se admite. Señor Mellado ¿Adónde quiere llegar?

  • A la verdad, señoría. ¿No queremos todo lo mismo?

  • No, no me dio las gracias. Se le olvidaría, ¿Qué más da?- interrumpió Federico.

  • Tiene razón. Da igual. Bueno. ¿Qué pasó cuando se acabaron las clases?

  • Como cada día, ayudé a Ramona a limpiar el colegio.

  • ¿Se refiere a Ramona Gonzálvez, su esposa?

  • Sí, es mi esposa, y también la encargada de la limpieza del instituto.

  • Muy bien. ¿Qué pasó mientras limpiaba?

  • Escuché unas voces. Risas. Era muy tarde, así que pensé que habría sido algún niño que se habría colado en el colegio.

  • ¿Es normal que los niños se cuelen en el colegio cuando se acaban las clases?

  • Por supuesto. Algunos saltan la valla para coger algo que se les ha olvidado, pero la mayoría es simplemente por travesura.

  • Muy bien, siga.

  • Las voces, las risas, llegaban de los baños de chicos de la segunda planta.

  • ¿Los oía usted, estando ellos en la segunda planta?

  • Yo también estaba en la segunda planta. Como digo, las voces llegaban de allí, así que fui a ver lo que pasaba.

  • ¿Qué fue lo que encontró allí?

  • A los tres muchachos mayores. El Josejuán, el Marcelo y el "Chuso".

  • Se refiere a los alumnos López-Alcántara, Heredia y Quiñón.

  • Sí. A ellos.

  • ¿Estaba también la niña Julieta Llorente con ellos?

  • Sí.

  • ¿Qué hacían?

  • Josejuán llevaba un libro en las manos, y decía algo como "¿La nena quiere sus poesías? ¿Quieres recuperar tu libreta de estúpidas poesías, putilla? Pues si la quieres ya sabes lo que tienes que hacer, putita", mientras se desabrochaba la bragueta. Julieta lloraba. Las lágrimas caían por sus mejillas

Como si el recuerdo actuase de espejo, en la sala, Julieta empezó a llorar también, hundiéndose en el pecho de su padre, que la abrazaba con un gesto de rabia e impotencia en la cara.

  • Entonces Julieta se agachó, se puso de rodillas ante esos tres hijos de puta. No podía permitirlo. ¿Cómo eran capaces de robarle así la inocencia a una niña tan buena?

  • ¿Qué hizo usted entonces?- preguntó el fiscal Mellado.

  • Lo primero que se me ocurrió. Cogí la pistola de mi bolsillo, y disparé. ¡Bang, bang, bang, bang, bang! No sé cuántos tiros fueron. Sólo sé que me cargué a esos tres pequeños cabrones. Jamás podré olvidar la cara de Julieta, manchada de sangre de esos… hijos de perra… contaminada su cara por manchas rojas. Saben, Cuando Julieta me miró, con los ojos anegados de lágrimas, y se levantó y vino corriendo hacia mí a abrazarme, me sentí profundamente satisfecho de lo que había hecho

  • Dice usted que está satisfecho de haber matado a esos tres niños.

  • ¡No eran niños! ¡Eran unos demonios! ¡Hijos de puta malnacidos! Hacerle eso a Julieta… pobre Julieta.

Federico echó un vistazo a las caras que le acompañaban en la sala. Muchas muecas de asco, otras de aprobación, y una familia llorando. La de Julieta. Las familias de los niños muertos habían sido expulsadas de la sala por no cesar de insultar y amenazar al acusado.

  • Señor Gutiérrez. ¿Suele llevarse usted la pistola al colegio?- inquirió de nuevo el fiscal.

  • No. Pero ese día me la llevé por que el día anterior me atracaron, y tenía miedo. Mucho miedo. Cuando ves una navaja tan cerca de tu cuello y el que la lleva tiene las pupilas dilatadas, tics en la cara, sabes que a un drogadicto no le importa nada, y mucho menos el matar o no matar a un viejo que no tiene un duro.

Federico empezaba a sudar. No le gustaba recordar todo aquello, por que nunca le había gustado mentir. Las manos le temblaban, ya una vez o dos le había temblado la voz, produciendo un desagradable gallo. No podría continuar mucho más así. Estaba a punto de derrumbarse y no sabía, no quería saber, qué iba a pasar si eso pasaba.

  • ¡Señoría, pido un descanso! Mi cliente está siendo sometido a una presión psicológica muy fuerte y necesita un receso.

  • Está bien. A todos nos vendrá bien tomar el aire.

Cap II. Mentiras

  • No me gusta, Federico. No me gusta lo que está haciendo el fiscal. Ese hijo de puta se guarda algo en la manga y no tengo ni idea de lo que puede ser. ¿Qué es lo que escondes?

  • Nada, Nuria. No escondo nada. He confesado, sé lo que me espera, es un triple homicidio, si no me echan asesinato, así que la cadena perpetua no me la quita nadie. ¿Qué más me puede pasar?

  • Mira, Federico. Si existe una posibilidad, aunque sólo sea la más mínima, de que puedas volver a ver la calle, te prometo que la voy a usar, pero me tienes que ayudar. ¿Qué escondes?

Federico, como debatiéndose entre dos frentes, tardó algunos segundos en contestar: "Nada. Absolutamente nada."

  • Mientes.

  • Lo sé.

Los quince minutos de descanso ya habían llegado casi a su fin, por lo que, sin más discusión, decidieron volver a la sala.

De nuevo, Federico se hallaba en el estrado. Fusilado a preguntas que no parecían tener más motivo que el volverle loco. "¿Por qué? ¿Por qué todo esto?" Se preguntaba. "He confesado, ¿Qué más he de hacer?".

  • ¿Son estos los muchachos a los que mató?- las fotos del dossier elaborado por la policía resbalaron sobre la mesa ante la que estaba Federico. Las fotografías mostraban los cuerpos ensangrentados de tres muchachos de unos catorce o quince años, y también las imágenes tomadas en las respectivas autopsias. Sin duda eran ellos.

  • Sí. Son ellos.

  • ¿Reconoce esto?- El fiscal puso ante Federico una mochila que había en una de las mesas.

  • ¿Qué? S-sí... es la mochila de Julieta.

  • Dígame… ¿Usted le disparó a Julieta?- las interjecciones de sorpresa de los asistentes llenaron la sala.

  • ¿CÓMO? ¡NO!

  • Entonces… ¿Por qué tiene un agujero?

  • No… no sé… creo que uno de los tres se cubrió con ella cuando fui a dispararle, no… no sé… todo fue muy rápido.

  • Señor Gutiérrez. ¿Podría explicarme cómo es que si usted disparó a través de la mochila… sólo tenga un agujero? Debería tener dos, uno en cada parte, de la bala que la atravesó, pero sólo tiene uno, de salida… ¿Por qué?

  • No… no sé qué es lo que quiere decir.

  • Si usted disparó desde la puerta hacia dentro, ¿Por qué la bala que mató a Jesús Quiñón estaba incrustada en dicha puerta, por la parte de dentro?

  • No sé… Yo

Las preguntas se sucedían cada vez más rápidas. Hasta Nuria parecía haberse quedado petrificada, avasallada por el aluvión de interrogantes que el fiscal hacía caer una y otra vez. Lo más extraño, es que el fiscal parecía decidido a mostrar a Federico como inocente del triple homicidio de San Roque, como habían bautizado el caso los medios de comunicación.

Una bolsa de plástico transparente cayó sobre la mesa. En ella, un montón de latas agujereadas y envejecidas.

  • ¿Sabe qué es esto?

  • n-no… en la vida lo había visto.

  • Pues debería, ya que están agujereadas por la misma pistola y las mismas balas que asesinaron a los tres muchachos.

  • No sé lo que habrían hecho con la pistola antes de vendérmela… No sé

  • ¿Quién se la vendió?

  • Un extranjero, alemán o rumano, no sé muy bien, vivía antes en mi barrio, pero se marchó a su país.

  • ¿Seguro?

  • Sí.

  • Repito. ¿ESTÁ USTED SEGURO?

  • ¡SÍ, MALDICIÓN, SÍ!

  • Verdaderamente extraño. Por que estas latas se encontraron en la casa de campo de la familia de Julieta Llorente y, el estudio de las trayectorias de los proyectiles, delata que el tirador no medía más de metro y medio.

  • ¿Qué es lo que quiere decir?

  • Lo que quiero decir, señor Gutiérrez, es que usted no mató a esos chicos. Fue Julieta ¿Verdad? ¡¡¿¿VERDAD??!!

La gente, sorprendida, se giró hacia la pequeña de doce años, que observaba la escena entre sus padres. Todos pudieron ver cómo sus ojos habían dejado de llorar y de su boca pendía una sonrisa de triunfo.

Cap. III Cuando suena el timbre.

El silencio en la sala había sido sepulcral mientras esperaban que la pequeña se sentara en el estrado. Las miradas estaban todas dirigidas a Julieta, la recién proclamada triple asesina del San Roque. Con desesperante parsimonia, Julieta empezó su narración.

  • Cuando suena el timbre, la niñería enloquece. Toca entrar en clase y todos entramos. O todos queremos hacerlo. Sobre todo yo. La clase es un refugio diario contra gente como Josejuán, y allí fuera no tenemos a nadie. Ellos se creen los reyes de ese submundo que es el instituto y, en cierta medida, puede que lo sean. Reyes tiránicos que se aprovechan de la cultura del miedo.

Cuando suena el timbre del recreo, para muchos, la inmensa mayoría, es la señal que esperan para liberarse de la disciplina de los profesores. Para mí, no era eso. Salir al recreo, o el recreo mismo, por que no necesitaban que saliera para hacerme la vida imposible, era una maldición. Allí estaban ellos. "¡Mirad por dónde va la niñita de las trenzas, ¡Ey, Pippi Langstrum! ¿Dónde te has dejado el caballo?". Día tras otro las mismas frases, ligeramente cambiadas, lo suficiente como para darte cuenta que tenían infinitas formas de degradarte, de humillarte, de mostrarte que los reyes eran ellos. ¡Y, ay de ti como les contestaras! "¡El caballo serás tú, gilipollas!", fue lo que les dije por primera, y última vez.

"¿Qué me has dicho, putita? ¿Caballo? ¿Me has llamado caballo?". Podía sentir hasta su aliento apestando a tabaco en la cara. Me picaba incluso en los ojos. "N-no… Lo…lo siento… no quería…". "¡Mirad! ¡La putita tiene miedo!". Y me rodeaban, y me empujaban, de uno a otro y de otro a uno. Me quitaron la cartera y, mientras uno me agarraba, los otros dos escarbaban en ella. "¡Mira! ¡Un bocata! ¿De qué es?". "A mí me da igual de lo que sea, Chuso, tengo un hambre. ¡Coño, Nocilla!". "¿Y esta libreta?". "¡No, déjala! ¡Es mía!". Como que les iba a importar mucho. "¡Mirad! ¡Son poesías!"

Y las risas, lo que dolían las risas… Era la crueldad misma. "Cuando el cielo se ennegrece y pienso en ti…". Risas. Se reían de algo que significaba tanto para mí. Se reían de mi alma. Eso no podía aceptarlo. Y cada día me hacían lo mismo. Al sonar el timbre me buscaban, antes de que entrara en clase. Me cogían, me quitaban la libreta, o lo que fuera (la ropa para gimnasia, el trabajo de inglés) y me decían que me la devolverían al acabar las clases. Antes de marcharse, me tiraban al suelo, para que me acordara de quién era el rey. Al acabar las clases se divertían pasándose la libreta, mientras yo intentaba recuperarla. Cuando se cansaban, me la devolvían, me pegaban una o dos patadas en las piernas, y se marchaban. Hasta que un día… No se divirtieron pasándosela. Josejuán tuvo una idea mejor.

"¿Sabes lo que es una mamada?". Lo sabía. Y no quería hacérselo. Pero sus compañeros estuvieron de acuerdo con él, y Marcelo me puso una navaja en el cuello. Ese día, después de que los tres se corrieran en mi boca, y tras estar media hora vomitando en mi casa, le compré la pistola al hermano de una amiga. No me fue difícil. Treinta euros y una paja después, tenía mi pistola. Sólo me faltaba saber utilizarla. Nueve días de disparos en el campo (aprovechando las ausencias de mis padres) después, siete días de vómitos después, veintiuna mamadas después, después de que el hijoputa de Josejuán me violara luego de que se fueran sus amigos, y tras creerme lo suficientemente buena tirando, me metí la pistola en las bragas, oculta tras el pantalón y la blusa azul, ancha, holgada, que escondía muy bien el bulto, y me fui al colegio. Era jueves. El jueves más sangriento de la ciudad, he oído por ahí. ¡Qué pena que nadie se preocupara de la sangre que tiré cuando me violaron!

Jamás pensé que las pistolas fueran tan frías. En cuanto ellos me quitaron la libreta (una semana llevaba sin traerla, pero era de justicia divina que todo acabara de la misma forma que empezó), vi a don Federico venir. Aunque bueno, supongo que después de esto, bien podría llamarte Fede. ¿O no?

Los labios de Julieta dibujaron el mohín de un beso lanzándolo en la distancia, mientras sus ojos brillantes se clavaban en el desmejorado rostro de Federico, que rompió a llorar.

Bueno, antes de que Fede llegara, metí la pistola en la mochila, por que al levantarme podría ver el bulto sin problemas. Me llevó a la enfermería y no, no le di las gracias. Solamente le dije "¿Sabes? Nadie se preocupa tanto por mí como tú. Te quiero". Lo vi temblar entonces. Luego me llevó a clase sin decirme una sola palabra más. Y no lo volví a ver hasta el final.

"Preparada para recuperar tu libretita de poesías, niñita". Me dijo Josejuán, cogiéndome de los hombros y metiéndome en el baño de chicos junto con Marcelo y Jesús. Allí estuvimos media hora, esperando que el colegio quedara desierto, y ellos se divertían leyendo mis poesías. Leyendo y riendo, siempre riendo. "Bueno, ya no queda nadie. De rodillas", me dijo Marcelo. En vez de eso, metí la mano en la mochila.

"¿No le has oíd…?" Jamás supe si Josejuán llegó a pronunciar la última o. No sé si la pronunció y el sonido del disparo lo calló, o si simplemente la bala lo atravesó antes de que terminara de hablar. Un agujero donde antes no había nada decoraba mi cartera, y otro, gemelo de ese, atravesaba su pecho. Luego, cayó al suelo. "¿Qué cojones…?" El Chuso tampoco dijo más. En cuanto saqué el arma intentó huir. Lo maté cuando estaba alcanzando la puerta. Un tiro por la espalda. A traición, un disparo tan cobarde como cobarde había sido él. El Marcelo estaba petrificado. Derrumbado en un rincón, sentado, mirándome con los ojos como platos y una mancha oscura creciéndole en la entrepierna. Un niño meón. Un disparo entre ceja y ceja y ¡Puf! Un hijo de puta menos por el mundo. Luego disparé otra vez al Chuso, y vacié el cargador con Josejuán, el verdadero cabrón que me había jodido la inocencia.

Había ganado. Tenía la cara manchada de salpicaduras de sangre, y los hombros hechos polvo por el retroceso de los disparos, pero había ganado. Cierto es que a los pocos segundos apareció Fede por la puerta, y le apunté con la pistola. Ya no sabía lo que hacía. Estuve a punto de dispararle, pero no lo hice. Quiero creer que fue por que no lo quería matar, pero la verdad es que si hubiera tenido una bala más, una sola bala más, lo hubiera matado. ¿Qué más da tres o cuatro?

Lo que pasó luego, preferiría que os lo contara él.

Cuando Julieta terminó la historia, nadie se atrevía a hablar. Ni el más mínimo susurro escapaba de esos cuerpos sorprendidos por el horror y la venganza que puede haber en una niña de doce años.

Cap. IV Verdades.

  • Como bien ha dicho, me apuntó directamente al pecho en cuanto abrí la puerta. No pregunten por qué, pero lo primero que me sorprendió es que la puerta no se abriera del todo. Sólo tiempo después averiguaría que era por culpa del cuerpo de Jesús Quiñón.

"¡Dios santo, Julieta! ¿Qué has hecho?". Fue lo que le dije. La única respuesta que me quiso dar es "He ganado". Luego soltó la pistola y vino corriendo hacia mí. Me abrazó y rompió a llorar. "¿Qué me va a pasar ahora, Fede? ¿Me vas a ayudar?". "Claro que sí, cariño, yo te voy a proteger."

Limpiamos, en ese mismo baño, la pistola de huellas, y yo dejé las mías. Abandonamos el arma entre los tres cuerpo y salimos corriendo del colegio. La llevé a su casa. Llovía. Me acuerdo que llovía y de que su ropa mojada se le pegaba al cuerpo, y marcaba sus curvas de niña.

"No te preocupes ahora de nada Julieta, yo te voy a proteger". "Te quiero", me contestó, y me besó en los labios. Era su primer beso, lo supe por la torpeza con la que quiso meter su lengua en mi boca, pero no me importó. Nadie la había besado, nadie la había querido, y yo la enseñé a besar. A besar y a abrazar. Su ropa mojada mojó mi ropa, su saliva se coló en mi garganta, su aliento a fresas me perfumó la boca durante todo el día. "¿Sabes lo que peor me parece de todo esto?" Me dijo. "El trabajo que va a tener Ramona para limpiar el baño". Extrañamente, yo pensaba lo mismo. No me dolía la muerte de esos pequeños dictadores. Luego, cuando conseguí elaborar el plan que me inculpara, me quise emborrachar en un bareto de mala muerte. El sabor a fresas del aliento de Julieta entonces se volvió sabor a cenizas, y más tarde a vómito, cuando eché la pota en algún contenedor, antes de entregarme a la policía.

A partir de eso, sólo sé lo que todos ustedes saben. Este juicio, este fiscal cabrón que no se ha querido conformar con la mentira que nos hacía felices a todos… él quería la verdad. Las verdades, mejor dicho, por que aquí yo tenía mi verdad y Julieta la suya y mi abogada la suya. Esas son las verdades.

Cap. V Recortes

Al término de este relato, el juicio a Julieta ya hacía un año que había terminado. El tribunal psiquiátrico declaró que era completamente consciente de sus actos y la condenó a cinco años en un reformatorio, al término de los cuáles se evaluaría si estaba en condiciones de salir a la calle o, por el contrario, debía ingresar en la cárcel de mujeres.

Federico Gutiérrez se suicidó dos días después del juicio en el que declararon culpable a Julieta. En su nota de suicidio, que fue hallada bajo su cuerpo, que se balanceaba, ahorcado en el instituto, se podía leer "¿Quién quiere vivir en un mundo al que le han robado la inocencia?".

Cuando tuve la oportunidad de hablar con Julieta, acababa de cumplir los catorce años, y sus curvas de mujer empezaban a hacerse patentes. La vi entrar a la sala, custodiada por el personal del reformatorio, y cuando la vi, supe que la sonrisa de triunfo no había abandonado su rostro en el año y medio que había pasado desde el juicio de Federico.

  • ¿Qué es lo que querías de mí?- me preguntó, de mala gana.

  • Simplemente saber cómo te sientes tanto tiempo después de haber asesinado a esos chicos.

Con una sonrisa, metió la mano por debajo de su camisa y escarbó bajo su sujetador, que ya se llenaba de la firmeza de sus jóvenes senos. De ahí me sacó cuatro recortes de periódico, que extendió sobre la mesa. Los titulares eran suficientemente explícitos como para imaginarme qué narraban.

Un niño de Barcelona mata a un compañero que lo acosaba.

El niño, de 10 años, apuñaló hasta la muerte a su acosador, que le sacaba cinco años.

Cinco estudiantes agredidos por más de cien compañeros.

Dos de ellos siguen en estado grave después de recibir una multitudinaria paliza por parte de los alumnos que acosaban.

Muere asesinado uno de los acusados de "Bullying" del instituto Joaquín Sorolla.

La policía investiga si pudo ser uno de los compañeros agredidos.

Detenida una joven de quince años por el asesinato de Javier Yáñez.

Con este ya son seis los estudiantes acosadores asesinados a manos de sus víctimas.

  • ¿Quieres saber cómo me siento?- dijo, clavando sus preciosos ojos verdes en mí.- He ganado.

A continuación, salió de la sala, dejando sobre la mesa los recortes.