Comiendo polla en la trastienda.

De como un chico culturista acaba siendo usado como un putón por un dependiente vicioso.

Fue uno de los veranos más calurosos que recuerdo, el de 2016. El termómetro rondaba los 40 grados, era imposible dormir con la cara adherida a la almohada. Entre el agobio del calor y el  disgusto de haber roto con mi novio, decidí  escaparme un fin de semana  por Alicante, una ciudad cuyo ambiente marítimo siempre me ha encantado, así que tras coger mi deportivo me planté en el hotel en un pispas.

Debo confesar que, si bien no era reciente la ruptura, me sentía bastante culpable por empezar a quedar con otros chicos por lo que finalmente decidí que era el momento de  pasar página y abrirme  a disfrutar de otras aventuras; dispuesto a ello me descargué el Grinder y comencé a ver  que  se cocía por la zona.

Tras subir una foto bastante sugerente comenzaron a llegar mensajes. Humildemente debo decir que no suelo  tener problemas  para ligar; soy un chaval de 30 años, moreno, de 1,82 m,  85 kg, algo de vello en pecho, barba 3-4 días,  ojos verdes y un cuerpo bastante currado en el gimnasio.  Abandoné la  vida tranquila de las Canarias detrás de un amor y acabé en  la convulsa  Madrid con  sus omnipresentes atascos.

Regresaba  de la playa, la segunda tarde de estar allí  y no acababa de salir  de mi asombro al ver la gran cantidad de mensajes nuevos, está claro que siempre es bienvenida “carne nueva”. Sin embargo, el regocijo, muy a mi pesar se fue diluyendo tras aplicar un mínimo filtro; en  la medida que descartaba  perfiles más aumentaban mis probabilidades de irme a la cama con  un calentón del copón hasta que llamo  mi atención un perfil sin foto:

- Hola zorra.

En ese justo momento  la polla se  me puso dura como un canto al ver en un segundo mensaje  la foto de una polla gorda, no muy larga pero acompañada de un par de huevos grandes que brotaban de la bragueta de un pantalón de color gris. La cosa prometía:

- ¿Que tal tío?.

  • Busco una buena mamada. Estoy  por el C.C. Plaza Mar.

  • ¿Estas de paso o qué?

  • No, trabajo aquí en una tienda de ropa. Tengo hasta las 10 pm pero tiene que  ser algo rápido  que luego, antes de cerrar,  viene  mi piba a por mí.

  • Muy bien tío, ¿tienes alguna foto?

  • No, no paso fotos por aquí.

Llegados a este punto comencé a pensar que era el  típico mareante que solo quiere hacerse un pajote con el primer pardillo que pica el anzuelo.

  • Lo siento tío, no me apetece moverme, me pilla algo lejos del hotel.

Si bien la actitud de este tío me había puesto muy cerdo no era menos cierto que no apetecía quedar con un total desconocido  sin el mínimo intercambio de fotos que inspirase algo de  confianza.

  • Anímate, no te arrepentirás.

Esta última frase, combinada con el calentón que tenía, me impulsó a asumir el riesgo de, por primera vez en mi vida, quedar con un perfil anónimo.

  • De acuerdo tío, en media hora estoy allí.

Ya no había vuelta atrás o yo no quería que la hubiese. Tomé un rápida pero concienzuda ducha  y  tras coger el coche  inadvertidamente  acabé metido en un atasco, no podía creer que estuviese a punto  de malograrse  el polvazo que tanto había costado planificar  pero desgraciadamente   llegué al  C.C. casi 20 minutos tarde.

Después de escribirle a través de la app el chaval  parecía cabreado, inseguro,  diciendo que ya no podíamos hacer nada porque estaba su  piba en el centro comercial. Generalmente no soy de forzar las situaciones pero  estaba más caliente que un mono del zoo y ya me había dado el paseo por lo que decidí insistir.

  • Vale, en 5 minutos entra  en- tienda de ropa masculina - y, si hay gente adentro,  no digas nada hasta que yo te hable.

Decidí armarme de valor, por el tipo de tienda podía  encontrarme o con el típico abuelo  del cretácico superior o  con  la típica maricona  de zapatos sin calcetines y más plumas que un nórdico.

Con paso decidido entro en la tienda y yo mismo no puedo creer mi suerte y lo que están viendo mis propios ojos: detrás del mostrador estaba un chaval de unos 34 años,  algo más alto que yo, de pelo castaño, guapete, ojos claros, barba de tres días vestido con un camisa blanca y un traje gris que parecía contener un cuerpo bastante tonificado.

Mientras él estaba con semblante serio atendiendo a una pareja, me decido a saludar:

  • Buenas tardes.

La pareja me responde de  forma  casi automática pero el   rubio cachas  ni se inmuta. En mi interior el corazón me va a 150 latidos por minuto pero hago de tripas corazón y simulo un falso interés en las americanas.  Pocos minutos después la pareja sale sonriente de la tienda  y el rubio, tras mirar nerviosamente al exterior,  me hace señales para que me aproxime  indicándome que entre a un pequeño almacén lleno de zapatos.

No he terminado de entrar cuando el chaval me suelta un bofetón que me dejó pitando los oídos. Sin saber como reaccionar, atontado por la sorpresa y el dolor,  me dice:

  • Eso por llegar tarde. Arrodíllate.

Sin pensar siquiera, casi como un autómata, me pongo de cuclillas mientras el  se abre la bragueta.

  • Abre la boca y traga,  no hagas ruido.

Ante mi apareció la tan deseada  polla que tanto me había molado en la foto.  Irradiaba un intenso olor a  macho, no desagradable si no el habitual tras llevar  todo el día trabajando.

Intenté cogerme de su cintura para poder mamársela mejor pero un manotazo me retira haciendo que pierda el equilibrio y acabe con la espalda apoyada en la balda de los zapatos, no sin antes tirar algunas cajas al suelo.

  • Tío, prefiero que no me toques.

Ya en esa posición me coge el a mí de la cabeza y comienza  a follarme fuertemente la garganta hasta provocarme arcadas, mientras de daba suaves cachetes en la mejilla que más  sufría la presión de su duro cipote. Su rabo no paraba de lubricar mientras se mezclaba con la saliva que caía profusamente de mi boca la suelo, dada mi la incapacidad de cerrar la boca.

Entre el asfixiante calor húmedo del verano alicantino y el desconcierto por el tortazo inicial poco podía  hacer que no fuera entregarme sumisamente a degustar  el pollón del rubio mientras sus enormes huevos  me golpeaban el mentón. Mientras estoy absorto en mis pensamientos y deleitándome del olor a macho currante que desprende su pelvis  escucho una voz femenina procedente del exterior del almacén:

- Cariño, ¿estás ya?

Rápido como un rayo el chaval saca en rabo de mi boca y contesta en voz alta:

  • Estoy en el baño, dame un minuto.

Mientras que a mi, susurrando, me suelta un:

  • Como digas algo verás …

Rápidamente se guarda la polla, disimulando la erección, y  tras  arreglarse un poco sale al mostrador.

  • Voy a tardar un poco más, debo colocar algunas cosas en el almacén. Si quieres espérame en el coche.

  • Vale, pero mejor voy a  tomar algo mientras te  espero. ¿no tardes mucho eh?

  • Que va, acabo con esto en un momento. Ahora te veo.

Tras unos minutos de silencio escucho como ha comenzado a cerrar la  tienda y entrando  nuevamente al almacén me dice:

  • Ponte a cuatro patas y enséñame el culo.

Recobrando un poco el sentido de la situación le contesto: - tío, hemos quedado en una mamada, es tarde y por poco nos pillan.

  • No te quiero follar, solo quiero verte el culo.

Estoy muy cachondo a estas alturas como para lo obedecer a sus exigencias

  • Menudo culazo tienes cabrón. Métete un dedo.

Decido escupir en la mano y usando la saliva como lubricante empiezo a follarme con el dedo mientras veo de reojo como continúa pajeándose con  el espectáculo. Mientras continúo abriéndome con el dedo noto como el rubio intenta meter otro en mi ojete,  con bastante dificultad.

  • Me duele un poco tío

  • Tranquilo, aguanta, que me da morbazo meter los dedos.

Repentinamente siento un dolor agudo  y una sensación de tirantez en mi ojete y no tardo en cuenta que el rubio me ha metido media polla de golpe; el gemido que solté se debió escuchar en Albacete.

  • No tío, no, sácala que me duele mazo y no te has puesto goma.

  • Te jodes tío, este culazo me lo tenía que follar, lo estabas pidiendo a gritos.

Intenté quitármelo de encima con una mano pero el rubio rápidamente la retorció sobre mi espalda, inmovilizándome y aprovechando para meter el resto de su pollón. Nunca me habían follado a pelo pero tampoco antes un tío tan bueno me había pillado tan cachondo. Ingenuamente le pedí que no se corriera dentro.

Estuvo algunos minutos follándome de forma salvaje, sacándola y metiéndola por completo hasta notar como apretaba sus huevazos  en mi culo. Heroicamente aguantaba el dolor y el placer de sentirme tan usado cuando bruscamente me tira del pelo, sacando su polla y poniéndome nuevamente de rodillas me planta su  rabazo en mi cara.

  • Abre la boca, zorrón.

Tras masturbarse agitadamente el mi cara noto varios chorros de lefa caliente resbalando por mi cara, entrando en mi boca y escurriendo a lo largo de mi cuello. Instintivamente no  puedo hacer otra cosa que tragar.

  • Vete, tengo que acabar de cerrar -. Como puedo  me limpio la lefada de la cara con el revés de la camiseta  y le pregunto:

  • ¿Seguimos hablando por Grinder?. -

  • Tu y yo no nos conocemos.

Entiendo el mensaje al momento, tanto con la cara lavada como lefada soy de  todo menos tonto. - Ha estado bien - le dijo, mientras salgo apresuradamente.  Ya dentro del coche, en el parking exterior, no puedo creer en la buena suerte que he tenido y aprovecho que está casi desierto para correrme rápidamente contra el salpicadero sintiendo  todavía punzadas de dolor en mi culo.

P.D: Soy un escritor novel y me gustaría  continuar compartiendo con vosotros experiencias reales que me han ocurrido. Naturalmente he cambiado algunas cosas para  proteger la identidad de la otra persona pero todo lo demás es verídico. Agradezco vuestros comentarios  y espero mejorar poco a poco  en los próximos relatos.