Atrapada Nina Capítulo 12

Tras lo que le pareció una eternidad se separaron y se miraron a la cambiante de luz de una noche tormentosa. Nina sintió como la mirada del abogado resbalaba por su cara y su cuello y se fijaba en sus pechos que se transparentaban en la blusa mojada...

12

Se despertó sorprendida de haber conseguido dormirse la noche anterior. Ojerosa pero bastante descansada, se levantó y se asomó a la ventana de la habitación. El tiempo había refrescado y unas nubes oscuras comenzaban a arremolinarse por el oeste, presagiando una tarde tempestuosa.

No era lo que le apetecía para una velada nocturna, pero no podía hacer nada así que sin pensarlo demasiado desayunó y se fue corriendo al gimnasio. Tenía el tiempo justo de hacer un poco de ejercicio antes de ir al trabajo.

Paula había alterado sus rutinas y ahora madrugaba como nunca lo había hecho solo por compartir un rato de ejercicio con ella, lo que le hacía sentirse un poco culpable. Cuando le contó que tenía una cita, o al menos algo que se le parecía, Paula echó sapos por la boca medio en broma medio en serio. Aunque en el fondo sabía que su amiga se alegraba por ella, Paula no podía evitar sentirse un poco frustrada por no ser ella la que tuviese la oportunidad de colarse bajo su falda.

Aquella mañana se esforzó especialmente, intentando que el agotamiento le ayudase a olvidar a Ricardo por unas horas, pero su amiga se lo impidió con continuas puyas y haciendo chistes sobre el tamaño de la herramienta de Ricardo. Finalmente se dio por vencida y viendo que se le hacía tarde se despidió de su amiga y tras ducharse y cambiarse se dirigió al trabajo.

Las horas se arrastraron con dificultad mientras intentaba mantener su cabeza ocupada. Desafortunadamente, la cosa se había ido normalizando en el trabajo y aquel día todos tenían que hacer menos ella. La nueva secretaria se desenvolvía muy bien y le filtraba la mayor parte del trabajo dejándole solo los documentos realmente importantes para que los estudiase y los firmase. Así que antes del mediodía ya había terminado.

Estaba afilando uno de sus lápices por tercera vez, cuando el nuevo ingeniero llamó a la puerta del despacho.

—Hola, Dani. ¿Qué te trae por aquí? ¿Va todo bien?

—Hola, jefa. —dijo él fijando una mirada ansiosa en ella— Oh, sí. Todo perfecto. La verdad es que estoy aprendiendo mucho. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo poco que sabía. Sales de la facultad pensando que estás preparado para desempeñar cualquier trabajo y la verdad es que hay un montón de cosas que desconozco, pero la verdad es que Felipe es estupendo y cada día aprendo algo nuevo. Lleva tanto tiempo en la línea que con su ayuda no me ha costado ponerme al día.

—Estupendo, Dani.  —dijo Nina esperando a que el ingeniero entrase en materia.

—El caso es que en mi tiempo libre he estado curioseando en nuestra página web y esta algo desfasada. Felipe dice que lo importante es la calidad del producto acabado y no esas tonterías de internet, pero yo creo que podríamos hacer algo con ella. Los clientes ahora valoran tanto la comodidad como la calidad del producto así que creo que podríamos mejorarla, modernizando el logotipo haciendo una serie de presentaciones de nuestros productos e incluso introduciendo la posibilidad de vender directamente nuestros productos a través de ella por Pay Pal, así podríamos atender pedidos más pequeños y con mayores beneficios.

—No sé. Eso requeriría contratar a un informático. —dijo Nina dubitativa.

—Oh. No hace falta, jefa. Yo puedo encargarme. Se lo suficiente de informática y en cuanto tenga suficiente experiencia podré emplear parte del tiempo que me sobre en desarrollar la página.

—Me parece bien. Pero de momento lo que tienes que hacer es aprender a realizar tu trabajo a la perfección. Lo de la página web de momento es secundario. ¿Queda claro?

—Desde luego, jefa

—Y no me llames jefa. Llámame Nina. Si todo va bien vamos a vernos demasiado tiempo como para que me trates de otra manera.

—De, acuerdo, jefa... digo Nina. —respondió el joven antes de despedirse con sus ojos brillando de emoción.

Observó al chico abandonar la oficina sintiendo su emoción. Eso era precisamente lo que estaba buscando al contratarle. La combinación de la experiencia de un trabajador veterano como Felipe y el empuje y las ideas renovadoras de alguien que quiere demostrar que era apto para el trabajo y convertir el contrato eventual en uno de por vida.

En ese momento se levantó y se asomó al ventanal. Observando la actividad en la factoría sintió todo el peso de la responsabilidad que había caído sobre sus hombros. El trabajo de casi cincuenta personas dependía de que ella tomase las decisiones adecuadas y fuese capaz de motivarlos para que hiciesen su trabajo de la forma más eficiente posible. Los trabajadores seguían con sus tareas ajenos a su mirada. Ahora se sentían contentos. Habían recuperado un trabajo que habían dado por perdido y trabajaban poniendo todo sus sentidos en lo que hacían. Pero ¿Cómo conseguiría que esa actitud se prolongase en el tiempo?

Esa era una de las cosas que tenía que meditar con detenimiento. Debería plantearse algún tipo de incentivo para conseguir que no solo considerasen que trabajaban por un salario si no que se sintiesen orgullosos de trabajar para ella.

El resto de la mañana lo pasó meditando esta cuestión hasta que llegó la hora de la comida. Cogió el bolso y se fue a comer una ensalada a un restaurante cercano. Por un momento se le paso por la cabeza invitar a su secretaria. Le caía bien, pero debía mantener la distancia con los empleados así que comió en soledad.

Cuando volvió a sumergirse en sus tareas, los problemas del trabajo se vieron sustituidos por el nerviosismo previo a la cena con Ricardo. A cada hora que pasaba se sentía más incómoda se levantaba y se volvía a sentar. De vez en cuando entraba la secretaria para preguntarle algo y tenía que contenerse para no echarla a gritos de allí.

Finalmente llegó la hora del cierre e incapaz de esperar a que se despejase la fábrica salió del edificio casi corriendo y cogió un taxi que la llevase a su casa.

Tenía el tiempo justo. A ella siempre le había sobrado el tiempo para prepararse para una cita, así que todo aquello era nuevo. Corriendo por el pasillo se fue deshaciendo de los tacones y de la ropa y se metió en la ducha. No tenía tiempo para lavarse el pelo así que se lo recogió en un apresurado moño y se metió en la ducha.

El agua caliente la relajó un tanto hasta que comenzó a frotarse el cuerpo. Entonces la imagen de Ricardo volvió a aparecer en su mente y tuvo que recordarse un millón de veces que no había tiempo para no demorarse en la ducha.

Se secó a todo prisa y corriendo por la habitación se dirigió al vestidor. Tras haberlo pensado toda la tarde se inclinó por un traje chaqueta discreto y profesional y la única concesión que se permitió fue una blusa de muselina cruzada en torno a su busto. Por un momento pensó en ponerse un sujetador debajo, pero finalmente decidió lucir el movimiento natural de sus pechos aun firmes y aprovechar  el cruzado de la blusa y el entallado de la chaqueta del traje  para tenerlos los suficientemente bajo control.

En apenas cinco minutos se maquilló los ojos, se pintó los labios y se aplicó un ligero toque de color en los pómulos, hasta que quedó satisfecha.

Pero con el pelo no sabía qué hacer. Probó a llevarlo suelto y luego en una cola de caballo para al final hacerse un moño casi tan descuidado como el que se había hecho al entrar en la ducha. Se miró al espejo e hizo una serie de muecas. se colocó un mechón sobre la frente y lo manipuló para que pareciese que había escapado al control de moño.

Se fue a la habitación y se miró ante el espejo. se estiró la chaqueta para que quedase a la vista una buena parte de la blusa de muselina. Se puso de puntillas varias veces y se dejó caer observando cómo sus pechos temblaban y se insinuaban bajo el suave tejido. Nina se imaginó las manos de Ricardo sobre ellos y sintió un escalofrío de placer.

Cuando salió de casa las nubes se amontonaban pesadas y amenazadoras haciendo el ambiente oscuro y opresivo. Por un momento se planteó volver a casa y coger una gabardina, pero andaba justa de tiempo y el  taxi acababa de llegar. Rezando para que no lloviese, subió al coche. Mientras observaba la actividad nocturna a través del cristal pensaba que era una suerte que la cena fuese de trabajo. No sabía si se habría atrevido a tener una cita tan pronto desde su divorcio. Jamás había tenido una cena con alguien que no fuese Fer y tenía sentimientos encontrados. Se sentía torpe y desentrenada. ¿De qué hablar? ¿Debía tomar ella la iniciativa o dejarle a él? ¿Hasta dónde debía dejarle llegar en la primera cita?

Cuando se dio cuenta el taxi paró de un frenazo justo delante de la puerta del restaurante. Pagó al taxista apresuradamente y entró en el local con todos los nervios a flor de piel.

Ricardo la estaba esperando en la barra con una cerveza en la mano. Estaba tan elegante como siempre con un traje de color antracita que le sentaba como un guante. En cuanto la vio se levantó y se acercó con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Tras el saludo, un par de cumplidos y un par de besos, se sentaron en los taburetes esperando que la mesa estuviese preparada. Mientras esperaban le pidió la factura y charlaron sobre lo que Ricardo le podía ofrecer.

No hizo falta que se esforzase mucho para convencerla. A cambio de un precio bastante razonable, el abogado le ofrecía cobertura total en cuestión de contratos, asesoría fiscal y ventajas importantes si necesitaba enfrentarse a un proceso judicial.

Nina aceptó sin problemas, puntualizando que no quería chanchullos ni medidas fiscales que bordeasen los límites de la legalidad y Ricardo le aseguró que cumpliría sus indicaciones al pie de la letra. Una vez que leyó el contrato y lo firmó,  ambos se relajaron y terminaron sus bebidas antes de acercarse a la mesa que les habían preparado.

—Bueno, ¿Y qué tal lo llevas? —preguntó Ricardo mientras esperaban que llegara el primer plato.

—Es un poco raro. Estoy acostumbrada a tener a mi lado a alguien en quien apoyarme casi desde la adolescencia y ahora me estoy dando cuenta de que yo soy el apoyo de varias decenas de familias. No es que sea desagradable, pero si pudiese elegir no me gustaría tener tanta responsabilidad.

—Lo entiendo, afortunadamente estás lo bastante preparada y puedes tomar el negocio donde tu exmarido lo dejó con buenas probabilidades de éxito.

—Gracias. Espero que tengas razón. —agradeció ella.

La fideuá llegó y ambos se concentraron en sus platos, echándose fugaces miradas. Nina se contentó con admirar el cutis moreno y la línea de la mandíbula de Ricardo mientras sentía como los ojos de él dirigían fugaces miradas a las suaves curvas que asomaban en la abertura de su chaqueta.

La comida estaba muy buena y el servicio era realmente eficiente. Mientras degustaban el segundo plato hablaron de sus preferencias en la cocina. Nina charló sobre lo que iba a costarle mantenerse en forma ahora que trabajaba y apenas tenía tiempo de ir al gimnasio y añadió con un toque de resignación que tendría que renunciar a los dulces que la encantaban.

Ricardo asintió mientras la observaba con detenimiento como sin poder creer que aquellas curvas estuviesen en peligro.

—Y tú, ¿Qué me dices? ¿Hay alguien especial?

—Si te soy sincero, no. Cuando era joven, mis prioridades eran abrirme paso en el bufete y no tenía tiempo para un relación estable. Además empecé en derecho penal y solo conocía a abogados y delincuentes. No sé qué gremio me entusiasma menos. Cuando al fin conseguí hacerme socio y especializarme en derecho comercial descubrí  que las mejores estabais cogidas. —dijo mirando a Nina haciendo que se sintiese incluida en ese grupo.

—Bah, eso son tonterías. Eres un hombre atractivo  y con un trabajo fijo y unos ingresos estables, seguro que tienes que apartar legiones de jovencitas. —replicó Nina mirándole a los ojos interesada en su respuesta.

—No te voy a mentir, no soy un monje y de vez en cuando me dejo llevar por la tentación, pero las jóvenes me cansan. No sé, igual soy un pelín conservador, pero aunque el sexo sea bueno no me siento en sintonía con ellas el resto del tiempo y al final termino abandonándolas. Quizás no esté hecho para las relaciones de pareja. —dijo él con un deje de tristeza en la voz.

—O quizás aun no has encontrado a la mujer adecuada. —se apresuró a interrumpirle Nina mientras se enderezaba en la silla y le estrechaba la mano.

Ricardo la dejó hacer y le devolvió con cierta timidez el apretón antes de que el camarero, al llegar  con el postre, los separase.

Nina sintió una corriente de atracción fluir entre ellos. Se sentía tan cómoda con Ricardo que ni se le pasó por la cabeza el incidente con el matrimonio chino. Quizás después de todo no la había visto o no la había reconocido...

El postre estaba delicioso, dulce y fresco. Cuando terminaron, Ricardo pidió champán y brindaron para celebrar su nueva asociación. El espumoso unido a los dos vasos de vino que había bebido durante la cena le hicieron sentirse más relajada y desinhibida. Charlaron un rato más hasta que finalmente el restaurante empezó a vaciarse.

Hubiese deseado irse a tomar una copa a algún lugar, pero ya era tarde y los dos trabajaban el día siguiente.

Cuando salieron la noche seguía siendo oscura, pero se había levantado una ligera brisa que la ayudó a despejar un poco las brumas del alcohol. Nina se sintió tan bien que en vez de llamar a un taxi le propuso a Ricardo dar un paseo hasta una parada cercana.

Ricardo también lo agradeció y ofreciéndole el brazo caballerosamente comenzaron a caminar. Nina disfrutó del paseo y recostó ligeramente su cuerpo sobre él, acomodando los pasos de sus tacones a los del abogado.  No sabía si era por efecto del champán, pero se sentía a la vez excitada y emocionada.

No habían recorrido ni media manzana cuando una ráfaga de aire helado los asaltó de frente. Ricardo se adelantó e interpuso su cuerpo un instante hasta que la violenta racha pasó mientras Nina se cubría apoyando la cabeza en su pecho. Unos segundos después gruesas gotas empezaron a caer a su alrededor. Al parecer hubiese sido buena idea traer la gabardina.

En cuestión de segundos se vio corriendo de la mano de Ricardo mientras gruesas gotas de lluvia les empapaban. Mientras él buscaba un lugar donde se pudiesen refugiar, Nina se soltó un par de botones de la chaqueta para tener una mayor facilidad de movimientos. En cuanto lo hizo se arrepintió al sentir rebotar sus pechos arriba y abajo a cada apresurado paso que daba.

Finalmente Ricardo encontró un angosto portal y sin pensarlo le dio un manotazo a los porteros automáticos. Se oyeron gritos e insultos, pero al menos uno de los inquilinos del inmueble abrió sin esperar respuesta.

Riendo y chorreando entraron en el portal. Era el típico recibidor de los años ochenta. Una jardinera de hormigón con plantas de plástico, un enorme espejo que ocupaba buena parte de una de las paredes, una ristra de buzones y un tablón de anuncios.

Se miró al espejo, estaba hecha un desastre. El moño se había soltado y tenía el pelo mojado y pegado a la cabeza, el rímel había escurrido por sus mejillas formando dos largos churretes y tenía la ropa empapada y pegada al cuerpo.

Ricardo, a parte del traje empapado seguía tan elegante como hacía un rato, o eso le parecía a ella. Mirándola a los ojos saco el pañuelo que adornaba el bolsillo de su chaqueta y con lentitud lo acercó a la cara de Nina.

Aproximando su cuerpo, le limpió la cara con suavidad, quitando hasta el último rastro de rímel corrido. Nina le miró a los ojos y poniéndose de puntillas lo besó suavemente. Ricardo no se lo pensó y la abrazó mientras le devolvía el beso con urgencia.

Nina apoyó sus manos sobre el pecho, más con la intención de explorar el pecho amplio y musculoso de Ricardo que para mantener una pequeña distancia entre ellos y se abandonó disfrutando del sabor de su boca.

Tras lo que le pareció una eternidad se separaron y se miraron a la cambiante de luz de una noche tormentosa. Nina sintió como la mirada del abogado resbalaba por su cara y su cuello y se fijaba en sus pechos que se transparentaban en la blusa mojada. Sus mejillas se ruborizaron un instante al sentir la vista de Ricardo fija en sus pezones contraídos por el frío y la excitación antes de que él volviese a acercarse y a besarla.

Nina rodeó el cuello del abogado con los brazos mientras notaba como aquellas manos suaves subían lentamente desde sus caderas poco a poco hasta colarse por la abertura de su blusa y cerrarse sobre sus pechos.

Todo su cuerpo tembló de emoción al sentir la calidez de las palmas de Ricardo sobre ella. Nina acarició la lengua de Ricardo mientras se contenía para no gemir de excitación. Las manos de él sopesaban y acariciaban con delicadeza sus pechos volviéndola tan loca de deseo que sin pensarlo bajó una de sus manos y la introdujo por la cinturilla del pantalón de Ricardo.

El abogado soltó un gemido bronco al notar la mano de Nina sobre su polla y apretó instintivamente sus pechos con más fuerza. Asaltada por una súbita impaciencia, coló la mano por debajo del bóxer y sintió por fin el miembro erecto y anhelante palpitar amenazador con su tamaño y su dureza entre sus manos.

Con un besó profundo y ansioso comenzó a acariciar aquel pene satisfecha al ver como humedecía sus dedos con las secreciones producto de la intensa excitación.

Sin dejar de pajearle Nina se apartó para coger aire. Justo en ese momento un relámpago cayó cerca, iluminando el portal como si fuese de día y haciendo que viese su reflejo en el gigantesco espejo del recibidor.

Se vio empapada, con sus pechos bamboleándose por el efecto del manoseo de Ricardo y su mano metida profundamente en la bragueta de él y de repente se sintió intimidada. La imagen restregándose contra el empresario chino y su mujer la asaltaron. Se sintió sucia y a la vez vulnerable. En ese momento se le pasó por la cabeza que quizás el abogado después de todo la había visto en el ascensor con los chinos y pensaba que era una mujer fácil a la que podía echar un polvo rápido.

En ese momento el estampido del trueno la hizo estremecerse. Nina se sobresaltó e instintivamente apartó a Ricardo y se giró en dirección a la puerta. El movimiento fue tan sorpresivo que Ricardo no pudo retenerla. Cogiendo el bolso del suelo salió corriendo a la calle donde la lluvia seguía cayendo con fuerza. Corrió casi sin mirar por donde iba, resbalando con los tacones, cegada por el intenso aguacero.

Al doblar una esquina vio una silueta siguiéndola, pensó que sería Ricardo y se paró dispuesta a intentar arreglarlo con alguna explicación por torpe y artificial que pareciese.

La silueta se acercó y al ver que la habían descubierto se paró instantáneamente como si no supiese que hacer. En ese momento se dio cuenta  de que aquella figura era más baja y robusta que la del abogado y un escalofrío recorrió su cuerpo.

Afortunadamente solo quedaban cincuenta metros hasta la parada de taxis y milagrosamente aun había dos coches aparcados.

Sin mirar atrás se quitó los zapatos y esprintó tan rápido como pudo hasta que se vio envuelta en la calidez y seguridad de la cabina de un Prius. A medida que se alejaba, miró por la ventanilla trasera y no logró distinguir la amenazadora figura entre la lluvia. Con el paso de los minutos le pareció más irreal hasta que la descartó de su mente, solo ocupada por su reflejo en el espejo masturbando a Ricardo.

¿Cómo podía haberse dejado llevar de aquella manera? ¿Y ahora que iba hacer? Se sentía confusa, excitada, agotada. Probablemente lo había estropeado todo. Tenía ganas de llorar de frustración. Se ajustó la chaqueta de nuevo haciendo que la mirada del taxista se desviase de nuevo hacia la carretera y se secó la cara y el cuello con el pañuelo de Ricardo.

No se acordaba como había llegado a sus manos. Lo acercó a su nariz y aspiró su perfume dejando que una nueva ola de excitación la embargase.

Cuando volvió a abrir los ojos estaba a la puerta de su casa. Pagó la carrera ignorando la mirada lujuriosa que el chofer le lanzó a sus pechos y entró en su casa.

Con un gesto de rabia, se desnudo totalmente  y se dirigió a la habitación. Aun podía sentir las manos de Ricardo sobre sus pechos. Se había dejado llevar por el pánico y ahora estaba excitada y frustrada. Acercó la mano con la que había masturbado a Ricardo y la olió. Un intenso aroma a macho impregnó sus sentidos y excitada se la introdujo en la boca.

Cerrando los ojos se dejó caer sobre el suelo al lado de la cama hasta quedar sentada con las piernas separadas. Imaginó que era la polla del abogado la que estaba en su boca y se introdujo los dedos hasta el fondo de su garganta.

El sabor de la polla de Ricardo impregnó toda su boca. Llevada por un instinto animal se metió y se sacó los dedos de la boca, dejando que gruesos hilos de saliva rebosasen de su boca y cayesen sobre su vientre y sus pechos.

Con sus piernas temblando, se incorporó y busco el consolador que le había regalado Paula. Lo conectó y se lo clavó hasta el fondo de su coño vibrando a la máxima potencia. Dejándose caer de cara sobre  la cama, alzó las caderas y se apuñaló con aquel aparato gimiendo y mordiendo las sábanas mientras se imaginaba que era Ricardo el que la embestía con aquella palpitante herramienta. Estaba a punto de correrse cuando el consolador se paró. Frustrada, son su sexo contrayéndose ansioso y los jugos orgásmicos resbalando entre sus piernas  lo agitó unos segundos y al no obtener respuesta lo lanzó al otro lado de la habitación.

Con todos sus sentidos a flor de piel se metió varios dedos y continuó masturbandose mientras que con la otra mano se estrujaba los pechos y se retorcía los pezones. Al fin un orgasmo liberador se desató dejándola exhausta y emocionalmente agotada. Pocos segundos después, con su cabeza hecha un lío, se quedó dormida sobre las sábanas.

Esta nueva serie consta de 25 capítulos. Publicaré uno más o menos cada 5 días. Si no queréis esperar o deseáis tenerla en un formato más cómodo, podéis obtenerla en el siguiente enlace de Amazón:

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Un saludo y espero que os guste.